Derechos Humanos

24 marzo, 2016

“La dictadura no terminó en 1983 porque todavía hay gente que padece el horror”

Claudio Gómez, autor del libro Maten al rugbier, sobre 20 jugadores de rugby desaparecidos en La Plata, fue entrevistado por La Zurda Mágica, programa deportivo de Radio Sur. La historia de la investigación, de las víctimas y de sus familiares.

Claudio Gómez, autor del libro Maten al rugbier, sobre 20 jugadores de rugby desaparecidos en La Plata, fue entrevistado por La Zurda Mágica, programa deportivo de Radio Sur. La historia de la investigación, de las víctimas y de sus familiares.

– ¿Cómo se llevó a cabo la investigación del libro?

– Es una investigación periodística que bucea en la vida de estos 20 muchachos que tienen en común haber jugado al rugby en el mismo club de La Plata pero de forma paralela también tenían una militancia política. No están desaparecidos por jugar al rugby sino porque los 20 militaban en tres organizaciones diferentes: Montoneros, el Ejército Revolucionario del Pueblo y el Partido Comunista Marxista Leninista.

Como en la mayoría de los casos, fue su militancia lo que los llevó a ser víctimas del Terrorismo de Estado. Y en el libro lo que hice fue contar la vida y la militancia de estos muchachos, y también su paso por el rugby pero es algo más tangencial, es más bien una excusa para contar las historias de vida de estos jóvenes de entre 18 y 24 años que le pusieron el cuerpo y la vida a una idea y a un proyecto de país mejor. Y aunque ya sabemos cómo terminaron, ellos fueron hasta las últimas consecuencias con eso.

Yo traté de reflejar eso y también dar alguna pincelada de lo que fue La Plata en la década de los ’70, que si calculamos en forma proporcional a la cantidad de habitantes, fue la ciudad con mayor cantidad de víctimas y mayor cantidad de centro clandestinos de detención. Y esto está directamente vinculado a la universidad. Hace unos meses, después de sacar el libro, hablé con una integrante de H.I.J.O.S. y me contó que en la ciudad hay una frase hecha que dice: «En La Plata hay un desaparecido por cuadra».

– ¿Cómo fue que descubriste que los desaparecidos de La Plata Rugby Club eran 20 y no 17 como se pensaba hasta tu investigación?

– Estuve dos años investigando, cuando empecé yo manejaba el número de 17 historias pero en el medio de la investigación Julián Axat, que es hijo de una de las víctimas, descubre dos casos y yo descubro más tarde uno más. Lo descubrí por azar, entrevistando a Gonzalo Albarracín, que jugó en el club en la década de los ’70 y era técnico cuando yo lo entrevisté, y me dice que había un muchacho del que nadie hablaba pero había tenido un paso breve por el club y estaba desaparecido: el Nene García. Me dijo eso pero no tenía muchos más datos, no se acordaba el nombre, sólo había retenido el apellido y se acordaba que estaba haciendo la colimba cuando lo secuestraron. Y con esa información lo rastré durante dos meses hasta que hablé con su primo y encontré la historia: lo habían detenido en Neuquén, mientras hacía el servicio militar.

Después de publicar el libro me hizo una entrevista una periodista de La Capital de Rosario. Ella quedó enganchada con lo que hablamos y un mes después publicó una investigación con 14 rugbiers desaparecidos en su ciudad, algunos de ellos tampoco se habían tenido en cuenta y que a partir de ahí se suman a la cifra de deportistas desaparecidos.

– Uno de los desaparecidos que jugaba en La Plata Rugby Club es Jorge Moura, hermano de los creadores de Virus ¿Con qué te encontraste en la historia particular de Jorge?

– Entre las 20 historias que yo conté hay dos apellidos que son más conocidos: el de Jorge y Bettini. Carlos Bettini que fue embajador de España durante los gobiernos kirchneristas y tiene a su abuela, su padre, su hermano y su cuñado desaparecidos. Y Jorge, que era el mayor de los cuatro Moura, militaba en el ERP y jugaba en La Plata Rugby Club como todos sus hermanos. Y la historia de una familia con dinero, con posibilidades de sacar a los muchachos al exterior, se repitió en varios casos.

El papá de los Moura era un abogado bastante reconocido y con una posición económica bastante holgada. La familia vivía en un caserón muy lindo en City Bell y por supuesto, cuando la situación se puso complicada y ya habían desaparecido muchos de sus compañeros del ERP, le ofreció ayudarlos a salir del país. Le dijo: «Ni siquiera hace falta que labures afuera, elegí un lugar y ándate, yo todos los meses te mando plata hasta que esto se calme». Y Jorge contestó lo mismo que muchos militantes ante ofertas semejantes: «No puedo, yo estoy comprometido y cayeron muchos compañeros y tengo que seguir luchando. Por más que sepa que estoy jugado yo de acá no me muevo».

Me contó la mamá, una mujer encantadora de 83 años, que el papá de Jorge en algún momento pensó en secuestrarlo, ante la negativa de Jorge de salir del país. Y está también esa canción que compuso Federico: “Ellos nos han separado”, que para mi fue la banda sonora de la investigación. Yo escuchaba Virus de adolescente, de hecho los iba a ver a shows, pero en la cantidad de hits que tiene la banda para mi pasó desapercibida esa canción. Cuando conocí la historia de esa canción no podía parar de escucharla.

– ¿Qué sensaciones tuviste después de terminar el libro?

– Lo más gratificante fue la devolución que tuve de los familiares, eso fue realmente conmovedor. Porque mi intención no era contar solo la historia de estos veinte muchachos sino también la de cada una de las personas con las que hablé durante la investigación. Me encontré con que las historias del entorno son tan fuertes y tan intensas como las historias de las propias víctimas.

Por ejemplo, la hija de Santiago Sánchez Viamonte, que se llama Verónica, me confesó en la entrevista que cuando se llevaron a sus padres tenía dos años y no tiene ningún recuerdo de ellos, por lo que se los tuvo que inventar los recuerdos. Y aunque saben que son inventados, siguen muy vívidos en su memoria.

Después hablé con Raúl Barandiaran que era compañero de cuatro de los muchachos y me contó que un verano los invitó a una casa que tenía su familia en San Bernardo. Y una tarde estaban en la playa y los ve llegar a los cuatro con el bolsito al hombro. Después, la dictadura y la desaparición de los cuatro. Raúl, durante 20 años siguió yendo a San Bernardo y cada tarde se sentaba en la playa miraba hacia el sur, esperando que llegaran sus amigos con el bolsito al hombro.

La mamá de Rodolfo Axat, que es otra de las 20 víctimas, estuvo durante 25 años pagando la cuota social del club para su hijo. Ese gesto de pagar la cuota yo lo interpreto como el deseo de que algún día aparezca.

Todas estas historias, que me conmovieron cuando las escuché y todavía hoy, también las escribí en el libro como una manera de decir que la dictadura no terminó en diciembre de 1983 cuando hubo elecciones porque todavía hay gente que sigue padeciendo el horror.

 

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