Derechos Humanos

23 marzo, 2016

«El escrache no era solamente el repudio sino la posibilidad de encontrarnos con el barrio»

Notas dialogó con Julieta Colomer, fotógrafa y comunicadora social, y una de las organizadoras de lo que fue durante casi una década la Mesa de Escrache, impulsada por la agrupación H.I.J.O.S. El escrache como método fue registrado por su cámara y reunido luego un libro que dio en llamarse “Escrache. Imágenes de una generación que nos devolvió a la historia”.

Notas dialogó con Julieta Colomer, fotógrafa y comunicadora social, y una de las organizadoras  de lo que fue durante casi una década (desde fines de los 90 a principios de 2006) la Mesa de Escrache. Impulsada por la agrupación H.I.J.O.S la mesa se ocupó de realizar un señalamiento político y social a los genocidas que actuaron durante la última dictadura en Argentina y que se encontraban totalmente impunes. El escrache como método fue registrado por la cámara de Julieta, y reunido luego un libro que dio en llamarse Escrache. Imágenes de una generación que nos devolvió a la historia.

Julieta cuenta: «El libro tiene además de fotos un texto, escrito por mí, que narra la experiencia personal de haber formado parte de H.I.J.O.S y en ese momento de la Mesa de Escrache. La mesa era un espacio heterogéneo que creó H.I.J.O.S en los noventa para justamente organizar los escraches». «Era un espacio mucho más amplio, mucho más heterogéneo del que formábamos parte diversos colectivos y gente suelta, vecinos de los barrios con los que organizábamos los escraches de manera colectiva. O sea que el texto es un poco mi experiencia personal pero por haber pasado por ahí», suma la autora.

– El libro es un relato en primera persona de una experiencia colectiva. Desde adentro…

– Desde adentro, de haber estado siendo parte de H.I.J.O.S, después en la mesa organizando los escraches y al mismo tiempo haciendo un registro más desde lo comunicacional, desde lo fotográfico. Un registro de lo que fue toda esa construcción, que implicaba llegar a un barrio, hablar con los vecinos, caminar por las calles, por las plazas, repartir volantes, hacer una muestra de teatro callejero, una radio abierta. Había diversas actividades que se hacía durante dos o tres meses en el barrio en cuestión hasta llegar al día de la marcha y del escrache propiamente dicho.

– Es decir que se requería una militancia previa en el territorio.

– Sí, tenía todo ese dispositivo comunicacional en el territorio que implicaba eso: ir sábados y domingos, todos los fines de semana durante tres meses. Más que nada a entrar en diálogo con los vecinos, a explicarles quiénes éramos, por qué eran los escraches, por qué era necesario escrachar a fines de los noventa y principios del 2000: por la impunidad que había en ese momento en el país. Nos cruzábamos con los genocidas que andaban libres caminando por la calle y eso era insoportable.

Había un despliegue con diversos formatos: volantes, calcomanías, carteles. Ya entrando más en el barrio y ya relacionándonos con los diferentes lugares -por ejemplo centros culturales, escuelas, sociedades de fomento, e incluso con los vecinos del barrio que se enganchaban- ya había más propuestas como ir a una escuela a dar una charla o hacer un cine debate

– ¿Después se trabajaba más con lo que se iba construyendo con el barrio?

– Claro, en ese sentido no era ingenuo tampoco elegir a quién escrachar porque lo hacíamos en función de cómo era el barrio. No es lo mismo escrachar a alguien en Recoleta que escrachar a alguien en Bajo Flores por ejemplo. Sabíamos que si nosotros apuntábamos a construir una condena social y a hablar con cada vez más vecinos, obviamente que iba a haber mucha más recepción y muchas más actividades con organizaciones en lugares como Bajo Flores y no en Recoleta.

– Hablas de la condena social. ¿El objetivo último de estas intervenciones políticas tenía que ver con trabajar fuertemente una condena social acompañada de construir lazos barriales, lazos territoriales y además con la presión más en relación a que los juicios se realizasen? ¿o eran cuestiones que se contraponían?

– Esa es una discusión que surgió en un momento dado, que fue larga y que nunca se llegó a una conclusión. Sí había dos tensiones, dos posturas que tenían que ver con eso. Una era entender que el escrache podía ser una herramienta que presionara para lograr finalmente los juicios que después se lograron y lograr una condena legal. La otra era pensar al escrache también como una herramienta, pero que se instalaba en un territorio, que tenía como ciclo final construir una condena social que era ese repudio generalizado en el barrio.

Pero no solamente el repudio si no esa posibilidad de encontrarnos con el vecino y debatir y manifestar todos cómo queremos vivir en un futuro: sin genocidas en la calle, sin asesinos libres, con justicia y sin impunidad. Esa era un poco más mi postura, entender al escrache como esa posibilidad de construir en el barrio debates y la posibilidad de pensar cómo nos gustaría vivir a futuro.

– ¿Venís siguiendo los juicios? ¿Pensás que hay peligro sobre su continuidad?

– Yo soy integrante de cooperativa La Vaca, soy fotógrafa y comunicadora social y tuve la oportunidad hace unos años de hacer con Graciela Daleo, que es una sobreviviente de la ESMA, un noticiero sobre los juicios. Entonces en ese momento seguía caso por caso, hacíamos una crónica y un noticiero que levantaba los de todo el país, así que en ese momento sí tuve como un seguimiento más detenido. Ahora no tanto, pero obviamente que sí quiero que sigan los juicios y que no se detenga ese proceso que es histórico.

No solamente histórico por las condenas, sino porque son realmente la única instancia donde accedemos a la verdad, porque los testimonios que cuentan en esas audiencias son increíbles, inimaginables para cualquiera de nosotros. Lo que se cuenta son experiencias aterradoras y que no las conocíamos, que estaban ocultas, porque no se hablaba. Es la única instancia que tenemos para conocer la verdad de lo que pasó en todos los casos.

No sabemos qué va a pasar en este contexto que cambió todo tanto que se empezó a decir que se iban a frenar los juicios. De todas maneras los juicios desde que se empezaron a hacer en el 2006 o un poquito antes quizás, siempre tuvieron demoras, embates. Diferentes juicios tuvieron que paralizarse un tiempo, después volver a retomarse. Siempre había excusas de los defensores de genocidas que demoraban el proceso. Eso siempre fue la constante. Pero en muchos casos hubo condena y hoy podemos hablar de 500 genocidas que tienen condena firme.

Sí nos enteramos obviamente que algunos volvieron a salir en libertad o ahora está la situación de que  como son muy mayores de edad estén encerrados en sus casas.

– ¿El libro se estuvo mostrando en España?

– Sí el libro estuvo en España en el museo Reina Sofía en Madrid, y también estuvo en Irlanda formando parte de un seminario.

– El eje con el que se trabajó la exposición en España no hacía foco en la violación de los DDHH, en la dictadura, sino en la estrategia misma del escrache.

– En realidad en España están haciendo escraches por el tema de los desalojos, de los desahucios. De la gente que queda frente a una hipoteca y pierde su casa entonces es desalojada. Entonces ahí el escrache toma un impulso para señalar a los diputados que fueron los que votaron en el parlamento la ley para que se empiecen a realizar los desalojos.

– ¿Tu aporte de experiencia militante y de partícipe del espacio de escrache fue por un lado que no imaginabas?

– No, y la verdad es que fue muy grato estar ahí y compartir experiencias. Los escraches los tomaron de acá, como formato. Está buenísimo pero también hay que entender que es otro contexto. Allá si bien hay familiares y gente que está luchando para que se esclarezcan los crímenes del franquismo, en este caso el escrache no repercutió ahí. Pero está buenísimo que la táctica se replique y sea tomada por esta gente que quiere denunciar situaciones tan injustas.

– ¿Cómo conseguimos el libro?

– El libro salió en diciembre del 2015 y lo editamos en forma autogestiva. Junto con mi compañero Hernán Cardinale tenemos una editorial que se llama Mónadanomada y en este caso nos unimos con otra editorial que se llama El Zócalo. El libro se consigue en el espacio de La Vaca en el bar de MU, también está en el Centro Cultural de la Cooperación, en los dos locales de El Zócalo, y después está la red del universo que se llama la economía social. Hay por ejemplo un espacio que se llama Caracoles y Hormigas que también lo vende, en la feria de la agronomía va a estar y se va a vender también en la marcha del 24.

Mariel Martínez

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