Cultura

1 marzo, 2016

El hombre en el castillo: la historia la escriben los que ganan

Con la adaptación de una de las más famosas novelas de Philip K. Dick, El hombre en el castillo, el gigante Amazon consolida su desembarco como productora de contenidos a través de Amazon Studios, para luego distribuirlos a través de internet gracias a Amazon Video.

Hexagrama 61: Chung Fu / La verdad interior
El viento sopla sobre el lago y ondea su superficie.
Los efectos visibles de lo invisible se manifiestan por sí mismos.
I Ching

Con la adaptación de una de las más famosas novelas de Philip K. Dick, El hombre en el castillo, el gigante Amazon consolida su desembarco como productora de contenidos a través de Amazon Studios, para luego distribuirlos a través de internet gracias a Amazon Video. Después del éxito conseguido con diversas comedias más o menos livianas (entre las que se destaca la multipremiada Transparent) decide apostar una buena cantidad de fichas a un drama complejo basado en un clásico de la ciencia ficción.

El comunicado con el que la productora presentó la osada adaptación de la ucronía de Dick sostenía: “Casi 20 años después de la derrota de los Aliados, Alemania y Japón, los países hegemónicos, se han repartido los Estados Unidos y gran parte del mundo. Pero crecen las tensiones entre estas potencias, lo que se ve reflejado en el Oeste de Norteamérica”.

En el universo alternativo en el que se desarrolla la trama, el territorio norteamericano se encuentra ocupado por un Eje vencedor de la Segunda Guerra Mundial. Los valores, la cultura y los gustos japoneses son respetados, mientras que el american way of life queda apenas como una vergüenza de los derrotados. La historia la escriben los que ganan.

La BBC ya había empezado a trabajar sobre una adaptación de la novela, pero finalmente el proyecto quedó en manos de Amazon, que sumó inteligentemente una cuota de prestigio al incorporar como productor ejecutivo asociado a Sir Ridley Scott, responsable de la mejor adaptación de un texto de Dick al cine (Blade runner, de 1982, respecto de cuya inminente secuela estamos tan preocupados).

Con El hombre en el castillo, construida paso a paso según indicaciones del I Ching, que consultaba hasta para decidir el destino de sus personajes, Dick obtuvo el premio Hugo en 1963 y decidió abandonar definitivamente sus intentos de “novelas realistas” para desbocarse por el campo de la fantasía en un período “metafísico” en el que gestó gemas de la talla de La penúltima verdad (1964), Dr. Bloodmoney (1965), ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968, en la que se basó luego Blade Runner), Gestarescala y Ubik (ambas de 1969).

Según el imprescindible estudio Idios Kosmos, claves para Philip K. Dick (1991), del argentino Pablo Capanna (probablemente el tipo que más sabe de ciencia ficción en el país), ese momento está claramente influido por el orientalismo que comenzaba a expandirse por California: “En la época de su entusiasmo por el I Ching, Dick hizo suyo el sistema taoísta, que es una forma dialéctica de dualismo, expresado en la complementariedad de Yin y Yang. En la novela The Man in the High Castle, parece desplazarse desde el dualismo teológico hacia un dualismo metafísico: aquí hay un mundo superior y uno inferior, y el arte aparece como mediador entre ambos”.

El milenario I Ching puede ser entendido y utilizado como compendio de sabiduría o como técnica de adivinación. En Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos (1992), el gran escritor francés Emmanuel Carrère (que lamentablemente nunca reconoció su deuda teórica con el estudio de Capanna), afirma que para Dick las enseñanzas de I Ching sobre la docilidad, la paciencia y el abandono no significaban nada.

“En esto era profundamente esoterista: como creía en la existencia de un secreto que lo visible ocultaba, no imaginaba que la vida pudiera revelárselo poco a poco sino que correspondía al intelecto conquistarlo por la fuerza. De la cultura, el psicoanálisis o la religión no esperaba una formación sino que le revelaran la fórmula que nos permite evadirnos de la caverna donde, según Platón, sólo se nos deja ver las sombras del mundo real”, apunta Carrère. La cortina que oculta la realidad debe ser corrida por la fuerza.

Allí se encuentra una de las claves para leer (o ver) El hombre en el castillo, así como casi toda la literatura de Dick, la problematización sobre el status real de la realidad. Todo puede ser una mentira, un simulacro, un sueño, una prueba. La realidad es finalmente porosa, inestable, exige una interpretación y un develamiento, las más de las veces desgarrador.

Si bien la adaptación de Amazon tiene muchos puntos fuertes, que van desde un más que solvente diseño de producción para volver creíble un Estados Unidos bajo ocupación alemana y japonesa hasta un casting impecable, también hay algunos puntos flacos. El más evidente tiene que ver con la necesidad de estirar la trama e inventar nuevos personajes para transformar una novela de algunos cientos de páginas en diez capítulos de una hora. Paradójicamente, aquí tal vez haya jugado en contra de la fluidez de la serie una fidelidad excesiva a la trama original.

El tema con Dick es que es imposible una adaptación fiel de sus novelas o cuentos. Las únicas buenas traducciones cinematográficas son las que han traicionado criteriosamente a la novela original. En sus textos suele haber tantas tramas y subtramas, a veces completamente desilvanadas, personajes principales y secundarios que a veces desaparecen sin explicación, ideas y planteos filosóficos y metafísicos, que la única forma de lidiar con ellos es decidiendo qué dejar afuera.

Blade runner logró convertirse en un clásico gracias a la decisión de Scott de quedarse apenas con uno de los ejes de la novela. Lo mismo podría decirse de Minority report o de Scaner darkly. El fuerte de la desbordante usina paranoica dickiana no son las tramas sino su capacidad para crear universos alternativos tan creíbles como delirantes.

En ese sentido la crítica no puede pasar por el lado de la falta de fidelidad. Sin embargo, sí lamentamos una traición estructural en la serie. En la novela, Hawthorne Abendsen, el famoso hombre en el castillo, distribuye sus atisbos de un universo alternativo (en el que los aliados derrotaron al Eje) precisamente a través de una novela, La langosta se ha posado. En cambio, en la serie, estas señales de que esa realidad dictatorial puede no ser “lo real” vienen en formato de cintas de celuloide que circulan clandestinamente y muestran el desembarco en Normandía, la quema del Reichstach y otros clásicos WW2.

Está bien, esto suma para la televisión, pero al mismo tiempo logra que algo se pierda. Creer en una filmación absolutamente realista de los ejércitos nazis derrotados, en un momento en el que no existen las posibilidades técnicas de falsificar creíblemente esas tomas no requiere del mismo “salto de fe” que implica el creer que la verdad oculta está siendo develada por las páginas de una novela que se presenta a sí misma como una ficción ucrónica, que habla de un universo alternativo.

Y además, se pierde uno de los juegos de espejos que probablemente más satisfacía al mismo Dick: imaginarse a sí mismo como un Hawthorne Abendsen de nuestro mundo, como el responsable de develar a sus lectores vislumbres de una realidad alternativa, que pueden ser leídos como meros juegos de ficción o también como algo más.

En cualquier caso, aún con sus inevitables recortes, El hombre en el castillo ha logrado trasladar solventemente a la pantalla chica uno de los más famosos universos alternativos surgidos de la imaginación de Dick. Y esto siempre es algo para agradecer.

Pedro Perucca – @PedroP71

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