Cultura

5 enero, 2016

Paco Giménez: “Lo que hago en teatro es mala praxis”

Primera parte de la entrevista excluvisa a Paco Giménez, dramaturgo, coordinador teatral y docente cordobés. Reinstalado en Córdoba, luego de haber estado en México durante la dictadura, comparte la experiencia de su particular forma de entender el teatro, junto a su grupo histórico «Los delincuentes».

Paco Giménez es un hombre generoso y sencillo. Hace teatro desde que es muy joven y dice que se basa en ocurrencias, cosas que parecen en joda pero que en determinado momento lo conmueven y lo ponen serio. Después de pasar siete años en México, su regreso a Córdoba coincidió con el retorno de la democracia y en ese marco le dio continuidad a su práctica escénica en Barrio Güemes. Ahí, desde el espacio teatral La Cochera y junto a «Los Delincuentes», el grupo que dirige y coordina, con quienes en 2015 cumplieron 30 años de actividad.

Ellos como grupo y él como director hace rato que se convirtieron en una referencia para la producción teatral nacional y regional. Hablamos con Paco en su casa, a unos metros de La Cochera.

– ¿Qué podés decir hoy de «Los Delincuentes», después tantos años de trabajo juntos?

– Es un grupo que se ha hecho cada vez más grande y cada vez más viejo. Pero no es que haya evolucionado como grupo de teatro. No ha sido de nuestro interés. No nos hemos juntado a entrenar, no nos juntamos para tener nuevas técnicas, para ver a qué lugares nuevos podemos ir. Las modificaciones que se van dando en nuestra obra son debidas al hecho de que vamos creciendo y envejeciendo, nada más, pero no porque vayamos captando nuevas modalidades o procedimientos. Por supuesto que también algo de las experiencias que cada uno va recabando por su cuenta de alguna manera quedan evidenciadas en las obras.

Yo he trabajado con mucha gente, he trabajado en Buenos Aires, en México, de alguna manera tengo una práctica diferenciada de ellos como actores, porque ellos en «Los Delincuentes» se ponen en mis manos. Sin embargo, ellos dirigen y tienen soltura propia. Pero en el grupo se ponen en mis manos y yo me tengo que poner a pensar, a idear, a proponer, a interesar, a motivar.

– ¿Podrías describir el modo en que funcionan «Los Delincuentes» como grupo y vos como director?

– Yo dependo de ellos, porque si no brota o emerge algo de ellos, no sale nada. No tenemos compromiso con nadie, pueden pasar meses y un par de años sin que suceda nada, hasta que termina sucediendo algo. No hay ninguna obligación. Al evento que hicimos para festejar, al que no se si decirle «obra» porque no es más que una manera de conmemorar el cumpleaños de 30, lo llamamos Mala Praxis. Siento que lo que hago teatralmente es una mala praxis, lo que hacemos nosotros y lo que hace La Cochera es una mala praxis.

A veces, paradójicamente, resulta bueno. A veces se da vuelta la mala práctica. Acá ninguno vive de lo que hace en La Cochera. Es un despilfarro de energía y de encuentros, así que, en ese sentido, no podemos ser ejemplo para nadie. En todo caso, cuando nos va bien, somos objeto de envidia. Podrían decir: “Mirá vos cómo les va bien a estos advenedizos siendo lo que son y haciendo lo que hacen”, pero no porque nuestras prácticas sean un ejemplo a seguir.

– ¿Qué te parece que pasa hoy con el teatro independiente, con los cambios que ha habido a partir de la creación del Instituto Nacional del Teatro y la entrega de subsidios?

– Por suerte he conocido la época en que nadie nos daba nada. Siento que era mejor en esa época. Pero, a la vez, tengo que dudar de eso porque en esa época yo era joven. Entonces capaz que no era mejor, sino que simplemente y0 era joven. Y podría entrar en el melodrama de que los subsidios, el instituto y todo eso a mí me arruinó, me corrompió, me administró, me metió dentro de algo y me configuró. Pero no puedo ser melodramático porque sería un necio. ¿Cómo no va a ser importante que haya un apoyo, que la gente tenga para producir? Todo depende de cómo uno lo vaya llevando, pero mi sentimiento coincide con eso.

Yo aprendí de la otra manera, en la que no teníamos nada y lo que hacíamos lo hacíamos por nada. Entonces podría volver a la época de la pobreza, porque sé hacerlo. Ahora, los que crecieron en la época en la que tienen apoyos y salas capaz que no. Nosotros no teníamos sala, nadie quería en esa época alquilar, ni yo mismo. Fue por tanta cantidad de gente que tenía alrededor que tenía que responder de alguna manera y alquilamos. Pero sino la gente dependía de las instituciones oficiales, de los clubes, de los colegios de arquitectos o de odontólogos, que siempre tienen un salón para pedir prestado.

El teatro independiente necesitaba de eso. O tener, en proporción, una estructura parecida a Buenos Aires, para lo que se buscaban un productor. Cuando empezó La Cochera había muchos elencos de Córdoba que querían tener ese formato porteño e incluso reproducían obras que tenían éxito en Buenos Aires, pero cuando vi eso dije: “Ay, qué horrible hacer teatro por ese lado”.

– ¿Por qué creés que hay tanta gente produciendo teatro hoy? 

– Cuando digo que hacíamos las cosas por nada, es que la hacíamos por gusto de uno. Vos vieras la cantidad de gente que ha pasado por La Cochera, que fueron mis alumnos.  Y también tenía alumnos en Buenos Aires, donde iba una vez al mes y ganaba lo de todo un mes en Córdoba. Después algunos que habían sido alumnos míos empezaron a dar clase acá y entonces dije, «no me voy a poner a competir con ellos, me voy a donde cobro bien y dejo acá liberado». Por eso dije «basta» y dejé de dar clases acá también.

– ¿El teatro que se está produciendo ahora se piensa en relación con el gusto de los realizadores o hay otras variables en juego?

– Me imagino que también hay gente que lo hace para sacarse la leche, lo que pasa es que también quiere aplicar lo que ha estudiado, ha pasado años en la facultad, trae un repertorio de cosas. Nadie quiere perder lo que ha agenciado. Pero yo agencié salvajadas, cosas silvestres, he plagiado, he choreado, he mirado, he inventado y por suerte tenía gente que seguía mis inventos.

No es que yo sabía y conocía y había trabajado no sé con quién y entonces vos tenías la posibilidad de que yo sea el puente con aquel sagrado maestro. No, a mí se me ocurría y hacía nomás. Y sin embargo, tenía devotos.

– Según cuentan, «Los Delincuentes» encontraron un espacio de libertad en esas salvajadas que vos fuiste agenciando.

– Bueno, se ve que coincidía con un momento en que eso venía bien. No por nada fue el nuevo advenimiento de la democracia, la búsqueda de una soltura. Eso coincidió con una época en que no había mucho para decir pero sí mucho para hacer, para mostrar. Nadie tenía discurso, el discurso había quedado en los 70. Había que hacer cosas. Por eso es el teatro de acción, el de imagen el que sobrevive en ese momento.

A la gente no le importaba el lugar donde estaba, por eso apareció el under, lo que estaba en subsuelos, en sótanos, en cuevas. No importaba estar incómodo mirando el espectáculos, al contrario, era parte de la onda, de la estética. Y después aparecieron los shoppings y la gente empezó a buscar confort. Todo va cambiando.

Y La Cochera no cambiaba, seguía teniendo las mismas tarimas incómodas, la misma modalidad de producción. Así como en algún momento hemos estado en total sintonía con el momento después a veces uno se va quedando y eso es parte de la vida. A veces estás justo en consonancia, en otros momentos estás atrás, en otros momentos vas adelante, incomprendido y solo, porque estás haciendo lo que nadie espera que hagas. Otras veces quedás decadente, atrás, ridículo, haciendo lo que sabés y que ya nadie necesita y nadie quiere. Son todas fluctuaciones. En 30 años se pasa por todo eso.

Gustavo Kreiman – @donnarusa

 

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