Batalla de Ideas

14 diciembre, 2015

Democracia PRO: la mayoría que no participa pero gobierna

Por Federico Dalponte. Sin un partido político fuerte ni mayoría legislativa, legitimar las iniciativas oficiales mediante consultas populares es una opción descabellada para el perfil del PRO, aunque para nada deleznable. La concepción de Macri sobre la democracia, una incógnita.

Por Federico Dalponte. Sin un partido político fuerte ni mayoría legislativa, legitimar las iniciativas oficiales mediante consultas populares es una opción descabellada para el perfil del PRO, aunque para nada deleznable. La concepción de Macri sobre la democracia, una incógnita.

Tras ese tradicional ejercicio ciudadano que constituye sufragar, sucede lo de siempre, lo de rutina: nuevos hombres y mujeres investidos del poder de representar a la voluntad de otros se agolpan ante el Congreso para tomar posesión de sus mandos. Y lo toman.

Y así, concluyen los juramentos y las ceremonias, y la democracia argentina vuelve a su modorra tradicional que sólo se interrumpe dos años después para una nueva votación.

Votamos y allí termina. La anteúltima vez que a alguien se le ocurrió trastocar el hábito de la votación bianual fue a Néstor Kirchner. Fue en mayo de 2003, el día que asumió, prometiendo consultas populares que nunca se concretaron. “Utilizaremos los instrumentos que la Constitución y las leyes contemplan para construir y expresar la voluntad popular”, había anunciado frente al Congreso.

Pero luego de la anteúltima, naturalmente hubo una última vez. Fue en 2010, curiosamente respecto al único proyecto de ley que votó el entonces diputado Kirchner. Se debatía por aquellos meses el proyecto de matrimonio igualitario y dos personas propusieron que se le pregunte a la mayoría si otros tantos, minoritarios, podían tener los mismos derechos que ellos: fueron el senador Carlos Menem y el obispo Antonio Marino.

Por supuesto, no prosperó. Aun así, la voluntad consultora es excepcional, poco frecuente, un lujo innecesario. La vez que Raúl Alfonsín apeló a ella para cerrar el conflicto con Chile por el canal de Beagle recibió tantas críticas por parte de la oposición que incluso los senadores justicialistas llegaron a pedir la nulidad de la convocatoria: que no se consulte, que no se vote, que no se opine.

Sin embargo, y pese a que nadie nunca explicó adónde se había ido, de izquierdas a derechas se habló en extenso durante los últimos años del regreso de la política.

Y si es verdad que volvió, inestimable oportunidad tiene ahora entonces el Frente Cambiemos para transformar en participación popular lo que antes, cuando sus dirigentes eran opositores, canalizaban a través de la recolección de firmas: para apoyar a los exportadores de soja (2008), para sancionar una ley contra los “motochorros” (2010), para impedir la re-reelección de Cristina Kirchner (2012), para frenar la reforma judicial (2013), para que Delfina Rossi no asuma su cargo (2015), entre otras.

Sin deliberantes ni militantes

En 1853 unos señores dijeron ser los representantes del pueblo y redactaron una Constitución que específicamente aclara que ese mismo pueblo “no delibera ni gobierna” sino sólo a través de ellos, sus representantes.

Y como las costumbres son pacientes y se asientan con el tiempo, nada cambió mucho un siglo y medio después. Sin ir más lejos, a días del ballotage, el propio Mauricio Macri denominó a su cierre de campaña como “el gran acto de la esperanza”, término gráfico si los hay, descriptivo, derivado palpable de la espera, ese acto tan humano de permanecer quieto en un lugar con el anhelo de que algo bueno suceda por fin.

Sin embargo, así como pocos imaginaban que el ex jefe de gobierno porteño pudiera ganar las elecciones, quizás el estilo del nuevo presidente sorprenda a todos y, en un intento por continuar la efervescencia revolucionaria y alegre, conceda mayores instancias de participación ciudadana.

Si bien es cierto que sus seguidores se definieron orgullosamente como «no militantes» –tal como recogió el diario La Nación el día de la asunción–, ello no significa que no estén dispuestos a utilizar los mecanismos de participación que prevé la propia Constitución: el 56% de la población adhiere a la reducción del IVA a los alimentos, el 78% rechaza la privatización de la Casa Rosada, el 61% aprueba el traslado de la capital, etcétera.

Por supuesto, de más está decir que la escueta plataforma electoral del Frente Cambiemos no incluía consultas populares ni presupuesto participativo, pero el nuevo presidente no podrá negar que vivenció por sí mismo viejos tiempos de «iniciativas populares» por intermedio de Juan Carlos Blumberg.

Aunque vedado el matiz de su proyecto por el texto constitucional, el ímpetu de Blumberg para aumentar las escalas del Código Penal le valió en aquel 2004 el apoyo de millones de personas, entre ellas, el del propio Macri, con quien recorrería las calles de Buenos Aires haciendo campaña con un discurso de mano dura tres años después.

La conveniencia

Uno de los grandes inconvenientes de no presentar propuestas concretas durante las campañas electorales es que cada paso, cada decisión, cada determinación de un nuevo gobierno es una incógnita.
Lo cual no constituye –faltaba más– un pecado particularmente macrista, pues de haber ganado las elecciones, por ejemplo, Adolfo Rodríguez Saá, el enigma sería el mismo.

Sea como sea, lo cierto es que el estilo de democracia que emerge ahora es, cuanto menos, restrictivo: ese sector de la Argentina que suscribe a la propuesta oficialista tendrá escasa voz en el nuevo Congreso –menos de un centenar de diputados y una quincena de senadores–, espacio institucional por antonomasia para la expresión de «los representantes del pueblo», en un contexto, además, en el que difícilmente, por estilo y prioridades, se acreciente la militancia PRO.

En ese sentido, el déficit de la democracia representativa es bastante obvio: tan pronto como asumen las autoridades electas, las posibilidades de incumplir las promesas de campaña gozan de tanta amplitud como impunidad. Por lo pronto, aunque era bastante obvio que mentía, el candidato ganador ya incumplió la primera: el cese de las restricciones a la compra de dólares al día siguiente de su asunción.

Contra ello, entonces, se erigen los mecanismos institucionales de participación en una democracia que en la actualidad sólo concede la intervención obligatoria bianual, urnas mediante.

Y aunque es cierto que el perfil de Macri no pareciera cercano a la participación popular, es evidente que su poder partidario es francamente menor que el de sus antecesores.

Sin el respaldo de un partido político fuerte ni peso mayoritario en el Congreso, la principal fuente de poder del nuevo presidente reside –curiosamente– en sus representados, en la suma de esos votantes individuales, desorganizados, «no militantes» y, si se quiere, antikirchneristas.

En definitiva, en un escenario francamente extraño, recurrir a los institutos de la democracia participativa emerge como una alternativa pragmática para que Mauricio Macri compense así su falta de representación política. Desde que Patricia Bullrich volvió a ocupar un ministerio nacional, todo es posible. Siempre dormida detrás de la convicción, la conveniencia.

@fdalponte

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