Batalla de Ideas

30 octubre, 2015

Balance de las estrategias electorales y el desafío a las tendencias

Por Alan Daitch. Las elecciones del domingo pasado constituyeron una verdadera sorpresa electoral. Los tres principales candidatos desafiaron “leyes” de tendencias electorales que la mayoría de los consultores y encuestadores consideraban imposibles de quebrar. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Qué campaña hizo cada uno? ¿Tenían otras opciones?

Por Alan Daitch. Las elecciones del domingo pasado constituyeron una verdadera sorpresa electoral para todos:

– Daniel Scioli, con el 36%, bajó 2% con respecto a las PASO.
– Mauricio Macri, con el 34%, desde el frente Cambiemos subió 4%.
– Sergio Massa, con 21%, retuvo lo suyo, así como las listas más pequeñas de la elección.

Los tres desafiaron “leyes” de tendencias electorales que la mayoría de los consultores y encuestadores consideraban imposibles de quebrar:

– El que va primero se mantiene o crece, acorde a que la elección se polariza entre dos.
– El que va segundo, fruto de esta misma polarización, crece comiendo votos a las otras listas opositoras, arrastrados por el famoso “voto útil”.
– El tercero no puede más que resignarse a perder votos hacia el segundo, “la alternativa real”.

Estas “máximas” de la ciencia electoral nos pueden hacer olvidar que también suponen un determinado comportamiento de campaña, en el que el primero y el segundo “cooperan” entre sí para mostrar modelos de país antagónicos y comer todos los votos de las listas restantes.

Sin embargo, hay alguien que rompió con esta lógica, considerada tan obvia y conveniente: desde el discurso de julio en el que logró la reelección del PRO en la ciudad en adelante, Macri se “kirchnerizó” dando marcha atrás con la mayoría de sus dichos (¿y convicciones?): argumentado que ha reflexionado mucho, reivindicó la Asignación Universal por Hijo, dijo que Aerolíneas Argentinas debía seguir siendo estatal, pero bien administrada, reivindicó YPF y se definió por una ANSES estatal sin un uso partidario de los fondos.

Muchos en ese momento se preguntaron: ¿se volvió loco? ¿Está desesperado? ¿Lo compraron? Quizás la pregunta era: ¿qué está planeando Durán Barba, el consultor político de la derecha latinoamericana y asesor estrella de campaña del PRO?

Retrocedamos un poco. En estos meses, se publicaron encuestas que preguntaban “en caso de ballotage, ¿a quién votarías?”, en las cuales Massa se basó para explicar que él le ganaría a Scioli, debido a que le robaría parte de sus votos al no haber tanto anti-massismo, pero indicando que Macri perdería debido al voto anti-macrista.

Dicho esto, los invito a colocarnos en la cabeza de Durán Barba como estratega político, ubicándonos en agosto: habiendo sacado el 30% en las primarias y Massa un 20%, el riesgo de que él crezca y nos aleje del ballotage es muy bajo, hagamos lo que hagamos: un votante nuestro no tiene razón por cambiar hacia el tercero. Si encaramos una campaña en busca de sus votos, el camino es claro: polarizar. Hablar mal, muy mal, decir cualquier cosa sobre el kirchnerismo, demonizarlo, sembrar el miedo a que no haya segunda vuelta y nos gobiernen los peores. En ese caso, tenemos un hermoso terreno para avanzar: los 20 puntos del UNA. Podemos comerle hasta ¿la mitad? Y sacar un 40%, superando los 38 puntos iniciales de Scioli.

Sin embargo, esto que parece tan buena idea no tiene en cuenta un factor. Si entramos en el juego del fuego cruzado, de “dividir a la sociedad”, también vamos a fortalecer al enemigo: el planteo “son ellos o nosotros” también hubiera hecho crecer a Scioli, debido al rechazo que generaría en mucha gente que apoya muchas medidas que se tomaron durante “la era K” que el candidato opositor declarara que su gobierno no tendría absolutamente nada que ver con el actual. Por lo tanto, esta metodología hubiera arrojado probablemente un resultado de 40% Scioli, 40% Macri, 10% Massa. Macri hubiera crecido, pero a costa de fortalecer, aunque en menor medida, a su contrincante de cara al ballotage.

En nuestra línea espacio-temporal, la lógica que siguió el PRO fue distinta: asumiendo que su paso a segunda vuelta ya estaba fuera de peligro (asunción peligrosa si las hay), entendió que la única manera de ganarla era comiéndole votos al oficialismo. ¿Cuántos? Algunos: todo sumaría. ¿Cómo? “Kirchnerizando” su discurso.

De esa manera, el que votara a Scioli por miedo a que la oposición revierta los logros de estos últimos años, el voto “status quo”, perdería fuerza y podría considerar a Macri como una opción viable. ¿Qué se arriesga con esta campaña? No debilitar al tercero. Sin embargo, esto supone inteligentemente que el voto opositor duro, el famoso “Es ella o vos” volverá automáticamente en un ballotage. Sin importar cuán “kirchnerista” se vuelva Macri, tiene asegurado el voto anti-K, ya que compite directamente con un K. Su postura oficialista no solamente no arriesga votos de segunda vuelta, sino que come algunos de los electores de su contrincante.

Ante esto, ¿qué hubiéramos hecho si fuéramos Scioli? Hay varias opciones:

– Instalar a solas la polarización con el PRO. Esto sería difícil de creer: los candidatos tratarían al gobierno de loco, dirían que no es para tanto, que es un engaño. “Si uno no quiere, dos no polarizan”, y el PRO eligió no hacerlo. Esta táctica no sirvió para atraer más votos.

– Buscar instalar una falsa polarización con el tercero, dividiendo así el voto opositor y aumentando su probabilidad de ganar en primera vuelta. En ese caso, la campaña tendría que haber estado orientada a defenestrar la figura de Massa: en otras palabras, decirles a todos los anti-K que ahí estaba el verdadero enemigo del gobierno. Basados en que esto no es un juego sino la vida real, el problema de esto estaba claro: de no lograr ganar en primera vuelta, intentar captar voto massista en el ballotage luego de adoptar este discurso habría sido en vano. Esta opción hubiera sido muy arriesgada.

– Replicar la política del PRO: salir con los tapones de punta a comerle votos a su contrincante más directo. Si el PRO se kirchnerizaba, el FPV se derechizaba: a disputarse con toda por el padrón en común. Salir a hablar de la importancia del consenso, del sector privado, de los cambios que necesitaba el campo para “volver a volar”, hacer grandes cambios para “corregir” lo que está mal.

Con este discurso, ¿habría riesgo de perder voto propio? Probablemente, no: sus votantes no tendrían a quién otro brindar su apoyo. ¿Habría tenido efecto esta política de robarle votos a la oposición? Nos quedaremos con la duda. Sin embargo, el FPV tiene una diferencia de composición fundamental con Cambiemos: cuentan con un armado político basado en distintas tendencias ideológicas y militantes que no le permite cambiar de discurso de un día para el otro por un voto. Por lo tanto, esta opción resultó impensable para los consultores políticos oficialistas.

De esta manera, en conclusión, tenemos:

– Un macrismo que salió a comerle votos al FPV.
– Un sciolismo que salió a demonizar al macrismo, sin lograr polarizar ni atraer nuevos votantes.
– Un massismo que se mantuvo en su relato de ser una opción real, sin nadie que los contradiga ni instale el cuco del ganador en primera vuelta.

El error estratégico de Scioli le costó votos propios. En segunda vuelta, la campaña más obvia puede llegar a no ser la indicada. Sin embargo, comenzar a admitir cambios políticos que den lugar a la oposición, “consensos” dentro del FPV, puede desembocar también en el efecto “para votar la copia, voto al original”. Es decir “si quiero consenso y cambio, voto a Cambiemos, no a vos”.

De cara al ballotage, la estrategia de ambos bandos se mantiene: el sciolismo buscará marcar una agenda de “continuidad vs ruptura”, “construir sobre lo construido, y no empezar de nuevo”, mientras que el macrismo seguirá “desmintiendo” que el cambio vaya a ser tan drástico, diciendo que van a “fortalecer lo bueno de este gobierno, y cambiar lo malo”, sin entrar mucho en detalle.

Un mes en la política argentina puede equivaler a años en un ciclo político de otros países: todo puede pasar.

@AlanDaitch

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