Batalla de Ideas

27 octubre, 2015

Daniel Scioli: la odisea de superar el techo del voto propio

Por Federico Dalponte. Con un 65% del electorado eligiendo opciones alternativas al oficialismo, recae en el postulante del Frente para la Victoria el desafío de demostrar que, además de garantizar continuidad, será capaz de corregir errores. Convencer a los escépticos, la tarea ante el ballotage.

Por Federico Dalponte. Con un 65% del electorado eligiendo opciones alternativas al oficialismo, recae en el postulante del Frente para la Victoria el desafío de demostrar que, además de garantizar continuidad, será capaz de corregir errores. Convencer a los escépticos, la tarea ante el ballotage.

En el pantano infinito de motivaciones, sin dudas muchos votaron a favor de Daniel Scioli con la secreta esperanza de que Cristina Fernández controle y limite su accionar, mientras que otros tantos, en la vereda opuesta, se basaron en las mismas razones para no apoyarlo.

Ser el candidato del oficialismo conlleva naturalmente el aditamento de representar los méritos y virtudes del antecesor, pero también el lastre de responder por los deslices y desaciertos.

Si Mauricio Macri tuvo un gran acierto durante los últimos meses, fue reconocer los logros del gobierno. El candidato opositor entendió, en un momento neurálgico de la campaña, que el electorado argentino reclamaba cambios, pero que también exigía conservar lo conquistado.

Esa mixtura exitosa que los fabricantes de frases hechas han llamado «continuidad con cambios» parece estar cobrándose su segunda víctima. La primera fue Sergio Massa, cuya incapacidad para reconocer un solo logro del kirchnerismo lo condenó a ser el postulante del cambio drástico y arbitrario. En el otro extremo, una suerte similar puede correr Daniel Scioli, el candidato de la más absoluta continuidad: la de las virtudes, pero también la de los defectos.

Hasta ahora, el aspirante del oficialismo propuso explícitamente sólo un cambio concreto respecto a la gestión anterior: la modificación del mínimo no imponible del impuesto a las ganancias.

Pero como encorsetado por su propia estrategia de campaña, el actual gobernador bonaerense tomó nota recién la semana pasada de que la sociedad argentina se había manifestado mayoritariamente en las primarias a favor de un cambio –profundo o de matices, cambio de formas o de fondo, pero cambio al fin de cuentas–.

Así entonces, es una incógnita por qué Scioli no manifestó con mayor antelación las correcciones que proponía. O si no supo hacerlo. O si no quiso.

Aun así, lo cierto es que si algo tiene de característico el peronismo es que sus dirigentes egresan con una maestría en el manejo férreo del poder. Poner en juego esa independencia de criterio que le valió popularidad en el electorado opositor le requerirá astucia y tenacidad.

Si quiere ganar el ballotage, seguramente a esa firmeza deberá apelar para demostrar que representa los avances de la última década, pero que es capaz también de atender los reclamos de ese 65% del electorado que reclama ciertas reformas.

El poder presidencial como virtud

Cuando Raúl Alfonsín creó en 1985 el «Consejo para la consolidación de la democracia», mantenía el ilusorio anhelo de que en la Argentina pudiese funcionar un sistema semipresidencialista. Años después, lo más cerca que llegaría la Constitución de 1994 sería a consagrar la figura del jefe de Gabinete como administrador general del país -pese a que luego se deformaría hasta convertirse en un mero vocero presidencial-.

Lo cierto es que desde aquel intento de Alfonsín, nunca más se volvió a considerar como un problema grave la suma de facultades reservadas al titular del Ejecutivo, responsable último de los destinos del país.

El resto fue mérito de Fernando De la Rúa: la pasmosa imagen de debilidad del ex presidente inoculó en la sociedad argentina la convicción de que la concentración de atribuciones y la fortaleza de un mandatario son condiciones necesarias para la estabilidad política.

En este contexto es que Daniel Scioli irrumpe como líder del partido que más veces gobernó el país. En ese sentido, en caso de alcanzar la presidencia, parecería difícil que su voluntad política –sea cual sea– se vea condicionada.

Sin embargo, es cierto también que nunca antes un presidente se había despedido del cargo con tan alta imagen positiva como Cristina Fernández. Quizás precisamente por ello Daniel Scioli llegó ahora a su mayor disyuntiva: lo que proponga como cambios sobre lo hecho puede beneficiarlo tanto como perjudicarlo.

Las facultades para hacer y deshacer

¿Pero es posible que un dirigente político, sentado en la silla más anónima de su casa, condicione al responsable de la administración general del país? ¿Tiene asidero la creencia de que Scioli es un candidato sometido, incapaz de corregir los desaciertos de su antecesora?

En principio, y en el peor de los casos, sería perfectamente factible que un presidente cualquiera se encuentre condicionado por la falta de legisladores afines, pero incluso en el supuesto más desfavorable, las leyes argentinas le otorgan diversas herramientas para afrontar la adversidad. Dicho de otro modo: no sólo es posible que Daniel Scioli haga lo que le plazca, sino que el propio sistema institucional argentino está pensado para ello.

El artículo 27º de la «Ley de Administración Financiera» establece la prórroga automática del presupuesto del año anterior si el Congreso decide bloquear la aprobación de uno nuevo, mientras que el 37º le permite al presidente modificar el destino de las partidas a discreción.

Por su parte, el artículo 99º de la Constitución le otorga facultades para dictar normas por necesidad y urgencia, pero también para subir, bajar y hasta deformar impuestos.

Al mismo tiempo, tiene la última palabra para el nombramiento de jueces y la primera para la designación de ministros y funcionarios de menor rango, sin mencionar la posibilidad de intervenir provincias cuando el Congreso está en receso.

En suma, la potencialidad de gestionar en la Argentina incluso con minoría propia en el Congreso es tan amplia como generosa. Pero incluso si Daniel Scioli fuese asediado por una implacable oposición, con la presión sobre su espalda de un mandatario que se despide con una alta imagen positiva, lo cierto es que –incluso así– es insostenible que no pudiese hacer y deshacer a gusto.

Aunque posiblemente esa mayoría electoral considerable que parece buscar ciertos cambios no crea lo mismo. Frente a un adversario directo que expresa en sí mismo una alteración del rumbo político del país, que fue incluso capaz de manifestarse a favor de los aciertos del gobierno, Daniel Scioli correrá en desventaja si no demuestra el carácter necesario para proponer las transformaciones que evidentemente parte de la sociedad demanda.

Tal vez, a su propuesta de modificación del impuesto a las ganancias le sigan otras que obliguen también a Mauricio Macri a explicitar su programa de gobierno. Si así es, será bienvenida la elevación del debate público.

@fdalponte

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