África

24 julio, 2015

En Egipto pudieron detener la primavera

Cuatro años y medio después de la plaza Tahrir, Egipto vuelve, de la mano de Abdelfatah Al-Sisi, a los tiempos de Mubarak. Miles de asesinatos y presos políticos se suman a la condena a muerte del presidente derrocado Mohammed Morsi. Mientras tanto, el Estado Islámico avanza en el Sinaí y el gobierno busca evitar la difusión de las cifras reales de bajas en el conflicto.

Cuatro años y medio después de la plaza Tahrir, Egipto vuelve, de la mano de Abdelfatah Al-Sisi, a los tiempos de Mubarak. Miles de asesinatos y presos políticos se suman a la condena a muerte del presidente derrocado Mohammed Morsi. Mientras tanto, el Estado Islámico avanza en el Sinaí y el gobierno busca evitar la difusión de las cifras reales de bajas en el conflicto.

El 16 de junio de este año, un tribunal egipcio condenó al ex presidente Mohammed Morsi a la pena de muerte. Junto con él, otras 80 personas vinculadas a los Hermanos Musulmanes, entre ellas el líder religioso Youssuf Al-Qaradawi, recibieron la misma pena in absentia. El fallo es el hecho más notorio de la escalada represiva del gobierno de Abdelfatah Al-Sisi. En el último año, los presos políticos ya suman más de 40 mil y los asesinados, unos tres mil, según un informe de la ONG Human Rights Watch (HRW).

La definitiva caída en desgracia de Morsi marca el fin del proceso iniciado en enero de 2011, con las protestas en la plaza Tahrir que derivaron en la caída de Hosni Mubarak. Según el informe de HRW, “los nuevos líderes de Egipto revirtieron sistemáticamente los frágiles triunfos de 2011”.

El aumento de la represión, con foco en la ilegalizada organización de los Hermanos Musulmanes pero que se extiende a activistas sindicales de izquierda, complicó aún más las graves condiciones de las cárceles egipcias. De esta manera, además de las desapariciones y ejecuciones que son moneda corriente bajo el gobierno de Al-Sisi, se da un crecimiento exponencial de las muertes en las prisiones.

Una nueva ola de protestas comenzó en El Cairo el pasado 3 de julio, al cumplirse el segundo aniversario del golpe de Estado liderado por Al-Sisi, que inicialmente ocupó el cargo de ministro de Defensa antes de ser electo presidente en unas elecciones absurdas en las que obtuvo el 96% de los votos. El 17, una manifestación de la que participaron los Hermanos Musulmanes, celebrando el fin del Ramadán y pidiendo por la liberación de Morsi, terminó con seis muertos producto de la represión policial.

Esta es la segunda ocasión en la que el actual gobierno enfrenta protestas masivas: las anteriores fueron entre el 25 y el 28 de enero, al cumplirse cuatro años del inicio de la llamada “Primavera árabe”. Aquella vez, 18 personas fueron asesinadas en El Cairo y Alejandría.

Otro frente

Con la tranquilidad de haber cerrado los caminos políticos mediante la represión a cualquier intento opositor de retornar al gobierno, Al-Sisi se concentra en otro problema que crece rápidamente en Egipto: la presencia del Estado Islámico, especialmente fuerte en el Sinaí.

El 4 de julio, el mandatario sorprendió con su presencia en una base militar de Sheij Zuweid, al norte de la península. Vestido con ropa de combate, decidió presentarse para dar apoyo a sus tropas, en medio de una polémica por los números de bajas declarados por el Ejército. Demasiado altos para los enemigos, demasiado leves en cuanto a los propios. Al-Sisi prepara una ley para prohibir la difusión de datos diferentes a los oficiales respecto a las operaciones militares, y asegura que los medios internacionales inflan los números “para minar la moral de la nación”.

Mientras tanto, su ministerio de Asuntos Exteriores dio a conocer una lista de términos prohibidos para referirse al Estado Islámico. Entre las palabras que no podrán usarse están islamistas, grupos islamistas, yihadistas, Estado Islámico, ISIS, fundamentalistas, jeques o emires. La razón, según el gobierno, es que estos términos tienen reminiscencias religiosas por lo que resultarían ofensivos para otros musulmanes. En cambio, “recomienda” utilizar palabras como terroristas, extremistas, criminales, salvajes, asesinos, radicales, fanáticos, rebeldes, destructores o erradicadores.

En el Sinaí, como en El Cairo y en cualquier punto de Egipto, Mubarak sigue presente. El antiguo dictador, de 87 años, no podrá retornar a la política. Pero su espíritu corrupto, antidemocrático y represor sigue vivo en Al-Sisi. Que ya cortó todas las flores y, parece, pudo detener la primavera.

Nicolás Zyssholtz – @likasisol

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