Fútbol

9 julio, 2015

Insoportablemente vivos

A 22 años del último título oficial de la selección argentina de fútbol la locura llegó a límites insospechados. Dos subcampeonatos en un año colmaron la paciencia de la patria resultadista que esperaba agazapada para jugar su mundial, que comenzó el sábado después del gol de Alexis Sánchez.

A 22 años del último título oficial de la selección argentina de fútbol la locura llegó a límites insospechados. Dos subcampeonatos en un año colmaron la paciencia de la patria resultadista que esperaba agazapada para jugar su mundial, que comenzó el sábado después del gol de Alexis Sánchez.

La final de la Copa América perdida por Argentina el día sábado ante Chile originó una serie de críticas despiadadas de los medios de mayor alcance del país contra el director técnico y los jugadores, aunque sería injusto englobar a todo el periodismo en la misma bolsa. De hecho basta con alejar nuestra mirada del ombligo porteño para ver que hay otras formas de analizar un hecho futbolístico. No por casualidad son muy distintos los análisis del Diario Olé  al del diario mendocino Los Andes, por citar un ejemplo.

Hoy nuestro mejor jugador, Lionel Messi, se debate entre seguir viniendo a vestir la celeste y blanca o tomarse un descanso. “Si no acepta las críticas que no venga más”, escuchamos mucho estos días en la calle. Pero si nos empujan en el subte reaccionamos, si un auto hace alguna maniobra que no nos gusta tenemos a mano un insulto y si nos critican respondemos, algo que Messi nunca hizo. “La paciencia de la araña no es de chicle”, cantaba Iván Noble en la época de Los Caballeros de la Quema.

El reclamo más recurrente de la gente hacia los futbolistas apunta a su billetera, a lo que ganan y es cierto el fútbol paga precios desorbitantes, precios que no imponen los futbolistas sino el mercado. “El deporte es demasiado juego para ser solo un negocio y es demasiado negocio para ser solo un juego”, reza el libro Principles and Practice of Sport Management.

Hoy el periodismo argentino se divide en dos, los que analizan el juego, cargan las tintas de la final perdida en el entrenador Gerardo Martino, los que analizan el resultado apuntan a Lionel Messi y piden renovación de jugadores. Por ahora la ola no arrastra a Javier Mascherano, ejemplo de lucha y perseverancia que volvió a emocionar una vez más, “quizás sea yo”, se inmoló luego del partido.

Con o sin títulos, el volante central ya es parte de la historia del fútbol argentino, como toda esta generación de jugadores que lo acompaña. “Mascherano es el león de una manada de lobos”, dijo Bastian Schweinsteiger antes de la final del mundo del año pasado.

Esta selección argentina jugó dos finales en un año, las perdió las dos y no pudo cortar la sequía de 22 años sin títulos, mochila que no le pertenece porque si la selección hace más de dos décadas que no gana nada, recién hace 11 que juega finales, de 1995 a 2004 se mantuvo alejado de vivir esa experiencia. Este proceso lo vivió Alemania y por respetar el proyecto, en Brasil 2014 brindó una exhibición y salió campeón.

Si la patria resultadista se enerva ante un subcampeonato, ante dos desplega toda su artillería: “Fin de ciclo”, “jugadores sin sangre”, “deberían pedir perdón”, son sus caballitos de batalla. No es la primera vez que la Argentina juega su peor encuentro en el último partido que disputa en una competencia, pero los resultados fueron distintos y los rivales también: final Copa Confederaciones 2005 contra Brasil 1-4, final Copa América 2007 contra Brasil 0-3, Cuartos de Final Mundial 2010 contra Alemania 0-4 y final Copa América 2015 contra Chile 0-0.

Si en su peor partido la selección empata 0-0 hablar de borrar todo y no continuar el proyecto mejorando algunas cosas es realmente desproporcionado. Esta camada de jugadores argentinos hace cinco años que no pierde en los 90 minutos en ninguna copa, después del 0-4 con Alemania, jugó 17 partidos y solo le pudo ganar esa misma selección con el gol de Gotze en el alargue de la final del mundo.

Argentina con Alejandro Sabella como entrenador disputó un regular mundial y una gran final, con Gerardo Martino una gran Copa América y una regular/mala final. Lo primero que tiró a la basura la mayoría de los analistas de fútbol es la balanza que todo lo equilibra. Los mismos jugadores que un año atrás fueron héroes hoy no tienen sangre.

La selección de Martino mejoró lo hecho en el mundial, se enfrentó a rivales igual o más fuertes que en Brasil, el quinteto Paraguay-Uruguay-Colombia-Paraguay-Chile, no es menos que Bosnia-Nigeria-Suiza-Bélgica-Holanda. Si a eso le sumamos lo permisivos que fueron los árbitros en Chile y el juego ofrecido por ambas selecciones, el futuro es alentador, aunque el presente sea desolador.

Esta generación de futbolistas con Javier Mascherano y Lionel Messi a la cabeza merece ganar algo, pero antes merece ser el mejor equipo de una competencia, con hacer las cosas medianamente bien no alcanza. En el mundial perdió la final con el mejor de esa competencia y en la Copa América le pasó lo mismo. Porque más allá de leves ayudas arbitrales Chile fue mejor equipo que Argentina a lo largo de la copa.

Hace años que vienen ganando los torneos los mejores equipos y no las mejores individualidades. España y Alemania se llevaron los últimos dos mundiales y Uruguay y Chile hicieron lo propio con la competencia continental. Los cuatro, antes de salir campeones, le dieron rodaje a una idea con el mismo entrenador o con uno que mejoró lo empezado por otro.

A 22 años de la Copa América 1993 ganada por Argentina el periodismo deportivo y la patria futbolera de nuestro país tocó fondo. En el medio de denuncias por corrupción en AFA y FIFA pide renuncias a futbolistas que jugaron dos finales en un año. No importan los valores dejados, haber jugado sin trampas y tener un equipo competitivo, cambian todo por una estrella en el pecho y un póster que diga “Campeón”.

En la Quiniela argentina el 22 es «el loco», mismo apodo que el entrenador que ahora reivindican por haber sido el iniciador de un proyecto en Chile que culminó con un título el sábado pasado. La Quiniela es un juego de azar, distinto al fútbol que es un deporte hermoso para analizar. De este lado de la Cordillera nos privamos de eso para poner el ojo en lo accesorio. 22 años después “ya no importa lo que importa, la locura ya pegó en la sangre”.

Lucas Jiménez – @lucasjimenez88

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