Derechos Humanos

14 abril, 2015

INTA y dictadura: Con la bolsa de semillas a cuestas

Entrevista a Cecilia Gárgano, historiadora del CONICET, sobre sus investigaciones al respecto de la producción de conocimiento científico en el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) antes y durante la última dictadura cívico militar.

El viernes pasado, en conmemoración el día del Investigador científico, Cecilia Gárgano, historiadora del CONICET, fue entrevistada en el programa de radio Bajo Consumo, por Radio Sur 88.3. Allí realizó un racconto de sus investigaciones al respecto de la producción de conocimiento científico en el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) antes y durante la última dictadura cívico militar.

¿Para quién y para qué se hacía ciencia en Argentina en los años 70 y, particularmente, en el INTA? ¿Qué sucedió en el INTA durante la dictadura en relación a la orientación de sus agendas de trabajo e investigación? ¿Cómo impactó allí la represión en esos años?

Estas fueron las primeras preguntas que se hizo la investigadora cuando empezó sus indagaciones y las evocó en el programa después de escuchar un audio de Andrés Carrasco, médico embriólogo que denunció los efectos devastadores del glifosato y cuestionó duramente el rol de la ciencia en su vínculo con las corporaciones del agronegocio.

El INTA y su resonancia histórica

Gárgano caracterizó a la creación del INTA en 1956 como un arquetipo de la Revolución Verde, encarrilada en el paradigma de la sociología rural norteamericana, que identificaba a las áreas rurales como atrasadas, y estaba centrada en “educar” de forma verticalista a los agricultores sobre nuevas tecnologías y nuevas formas de producir. Las investigaciones que acompañaron a las transformaciones productivas en la agricultura fueron principalmente dirigidas al chacarero mediano y grandes productores y no a los productores descapitalizados minifundistas o campesinos.

No obstante, a lo largo de los 20 primeros años del INTA, Gárgano no observó agendas claramente definidas, sino intentos de distintos sectores por transformar las políticas tradicionales del organismo y discusiones acerca de lo que se debería investigar y para quién. Entre estos sectores se encontraban los extensionistas del INTA, quienes identificaron a las escuelas rurales como espacios tácticos para trabajar con la población, sobre todo con jóvenes y mujeres.

Por otro lado, durante los años 60 y 70 el INTA lideró los procesos de mejoramiento vegetal en cultivos tales como el trigo y el maíz. Sin embargo, según recordó, “durante este periodo las empresas privadas de semillas nacieron y se desarrollaron a expensas de las inversiones del sector público, lo que generó una gradual intensificación de la mercantilización del conocimiento donde primero fue funcional a apuntalar esta industria que estaba creciendo”.

Infiltración, inteligencia, represión y desapariciones forzosas fueron procesos que se verificaron desde 1975, año de su intervención. Y además de la fuerte violencia estatal que sufrieron gran parte de los trabajadores del INTA, Gárgano se preguntó acerca de los cambios en la producción de conocimiento científico en áreas estratégicas como el mejoramiento genético en semillas. Y la respuesta aparece asociada a una resolución de 1979 que cristalizó la relación que ya venía teniendo el organismo con los privados, determinando que el INTA debía ceder sus materiales básicos, sus recursos fitogenéticos a capitales privados para que estos se especialicen en la terminación de las investigaciones en función de su rentabilidad.

Ya en democracia, en el año 1987, fue el primer organismo en generar convenios de vinculación tecnológica con empresas, en una suerte de prefiguración de la política que se intensificará durante los años 90 en relación a la apropiación privada del conocimiento surgido del ámbito público.

Gallinas subversivas” es un articulo evocado por Gárgano que fue escrito por Marta Dillon. La frase da cuenta de un caso paradigmático y simbólico de la represión sufrida al interior del INTA que consistió en el pase a faena de gallinas ponedoras pertenecientes a un proyecto experimental del organismo en Pergamino que buscaba desarrollar una nueva línea genética aviar de este tipo de animales diseñadas para zonas carenciadas del norte argentino, a base de genética nutricional. El hecho refleja la política sistemática de desaparición de líneas de investigación consideradas amenazantes para sectores importadores de la cadena productiva que se inicia con la importación de aves de corral.

De esta manera, “el INTA, en tanto agencia del Estado, garantiza determinadas relaciones de producción pero también es una arena en disputa. Y la dictadura militar, lo que vino a cortar fueron justamente esos debates que se estaban dando en su interior», afirmó Gárgano. «Si bien no era un INTA al servicio de los sectores populares y de los campesinos, si había grupos que comenzaban a cuestionar hacia donde iban los productos de sus investigaciones”, concluyó la investigadora.

Miguel Falcón y Tamara Perelmuter – @tamiperelmuter

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