Cultura

12 marzo, 2015

Pistas para volver a Jazmín

Pistas para volver a casa da cuenta que Jazmin Stuart está en la plenitud de su madurez cinematográfica, sobre todo si se piensa en su trabajo a cargo de la dirección. El trabajo actoral y la puesta de cámara redondean una interesante producción.

A la hora de pensar en Pistas para volver a casa pueden surgir varios elementos. Por un lado se presenta la necesidad de mencionar el trabajo actoral. Por otro, la puesta de cámara. Locaciones, trama y texturas flotan en el aire. Varias características más se disparan pero sin embargo hay una certeza que se eleva por sobre todas las demás: Jazmin Stuart está en la plenitud de su madurez cinematográfica, sobre todo si se piensa en su trabajo a cargo de la dirección. Pero es necesario avanzar por partes.

Pistas para volver a casa cuenta la historia de Dina y Pascual, dos hermanos en sus cuarenta que coinciden en su condición de solterones y en compartir nombres de cantantes italianos de los setenta. Tras un accidente que sufre su padre, quién los crió en soledad, deben emprender un viaje iniciático en búsqueda de un dinero ganado por su progenitor en el casino años atrás y, además, de respuestas acerca del paradero de su padre. Lo que encontrarán en el camino será más interrogantes que certezas acerca de la relación entre ellos dos y el por qué de sus infortunios cotidianos coherentes con su edad y carácter.

La comedia es un elemento que aún falta desarrollar en la actualidad de la cinematografía argentina. Da cuenta de ello, por ejemplo, la última entrega de Historias Breves. Muy pocas risas en detrimento de los dramas y las historias costumbristas.

Sin embargo, Stuart en su segunda película (Desmadre es la primera, de 2012) se le anima a las risas, sobre todo a cargo de la cada vez más reafirmada como lo mejor del cine local Érica Rivas. Su personaje oscila entre la emoción y la rabia jugando siempre al límite y saliendo victoriosa. Juan Minujín, por otro lado, con un registro sutil se anima a hacer emocionar en una película que lejos está de caer en lugares edulcorados.

El viaje que emprenden Dina y Pascual no es lineal. Se maneja en un ida y vuelta entre posibles destinos y el hospital donde está internado su padre (un increíble Hugo Arana) para ir recolectando pistas. Pistas sobre el dinero, pistas sobre su madre. Pistas que confirman nuestro papel como testigos de recursos cinematográficos que logran que (si bien es cierto que es una película inequívocamente veraniega) el resultado final no sea un rejunte de clichés que hacen sentir bien.

Es crucial el trabajo de Daniel Ortega a cargo de la fotografía, con texturas que oscilan entre el frío que tan bien combina con las pistas aún perdidas y la calidez trigal de una búsqueda que va encontrando un límite en su trayecto.

“Es una road movie, una fábula de aventuras y un rompecabezas que se rearma, en un nuevo orden, la vieja foto familiar […] En Érica Rivas y Juan Minujín encontré a Dina y Pascual, esos perdedores contradictorios y queribles que, a sus 40 años y sin proponérselo, recuperan el tesoro de la hermandad”, afirma la directora y guionista acerca de su película. Poco hay que agregar.

 

Iván Soler – @vansoler

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