Fútbol argentino

23 enero, 2015

Cuando el Diablo metió la cola

Falta poco más de media hora para que comience el partido. Es 25 de Enero de 1978. Talleres e Independiente definen el Torneo Nacional del año anterior. Hace cuatro días, en Avellaneda, empataron en uno. Las tribunas están repletas. Quienes las habitan no saben que el fútbol está por escribir una de sus páginas más recordadas.

Falta poco más de media hora para que comience el partido. Es 25 de Enero de 1978. Talleres e Independiente definen el Torneo Nacional del año anterior. Hace cuatro días, en Avellaneda, empataron en uno. Las tribunas están repletas. Quienes las habitan no saben que el fútbol está por escribir una de sus páginas más recordadas.

La ciudad de Córdoba parece vivir un sueño. La gente que canta esperando el partido fue consultada, mientras hacía la cola para comprar la entrada, sobre el resultado del partido. El parecer local prevalece. “Talleres 1 a 0”, le responden al periodista que le da un segundo de TV.

Del cielo cae un paracaidista con la bandera argentina y se posa entre el círculo central y una de las áreas. Los equipos en minutos saltarán al terreno de juego. En base a un buen juego colectivo, que incluía figuras como Luis Ludueña, Daniel Valencia y la Pepona Reinaldi, Talleres se había ganado la simpatía de gran parte de los aficionados del deporte. Independiente, dirigido por el siempre recordado José Omar Pastoriza, tenía lugar en su equipo para jugadores de la talla de Trossero, Omar Larrosa, Bertoni. “Te olvidaste de Bochini”, gritará un apresurado. Hablar de Independiente en la década del ’70 es decir Bochini y diez más. O siete más.

Talleres está hoy acá, donde miles de voces cantan cada vez más fuerte esperando el ingreso de los equipos, luego de eliminar a Newell’s en el Parque de la Independencia. Victoria uno a cero de visitante luego de un empate en uno de local. Independiente venció en Avellaneda a Estudiantes tres a uno y con autoridad se llevó la llave que arrancó en La Plata, también con un empate uno a uno. Aparece el local, y “La Boutique” de Barrio Jardín le sube un par de grados más a la temperatura de una noche inolvidable.

Desde la izquierda Larrosa envía un centro que Trossero baja de cabeza en dirección del vértice del área chica y aparece Outes. Van 29 minutos del primer tiempo e Independiente se pone en ventaja luego de que el cabezazo del delantero vence el movimiento casi espasmódico de Rubén Guibaudo. Barreiro, juez del encuentro, le pone final a los primeros 45. Los que están en las tribunas no saben lo que este hombre de negro será capaz de hacer. Los jugadores de Independiente tampoco.

Quince minutos del complemento, penal para Talleres. Cherini lo transforma en gol al igual que en el partido de ida donde convirtió por la misma vía. En los próximos catorce minutos el partido entrará en el terreno de la tensa calma que marca la paridad a un cuarto de hora del final, en el terreno de juego y en las tribunas. Hasta que Bocanelli salta y con el brazo extendido direcciona la pelota al fondo del arco de Roberto Rigante. Barreiro no solo convalida el gol sino que expulsa a Trossero, Galvan y Larrosa por protestarle.

“Después nos enteramos que Luciano Benjamín Menéndez había ido a apurar al árbitro al vestuario. Talleres tenía que ganar porque era algo positivo para la provincia”, respondería tiempo después Bochini al ser consultado por el arbitraje de aquel partido. Talleres 2 a 1 arriba. Independiente con ocho jugadores en el terreno de juego. Con un gol, empatando el partido se adjudicaría el título por los goles de visitante.

Pero qué lejos queda el arco contrario cuando ochos tipos vestidos de rojo se ven desbordados por la presencia de once tipos vestidos de azul y blanco. Resulta ser un punto en el horizonte de 7,32 m de largo y 2,44 m de alto pero inalcanzable. La meta y el infinito. Pero esta Bochini. ¿O te olvidaste de Bochini?

Quedan siete minutos. Pagnanini se la da en mitad de cancha a él, toca para Bertoni y este a Biondi. Gibaudo sale con la desesperación de quien siente que esta por perderlo todo y se lleva puesto a su compañero. Ambos quedan en el piso al tiempo que Biondi toca la pelota al centro del área y ahí está él. Él es Bochini, que moviendo todo el cuerpo y apoyándolo sobre su pierna derecha saca un zurdado tan preciso que no necesita de violencia. La pelota entra pegada al travesaño pero por el medio de un arco vacío, como la sensación que experimentan los hinchas locales.

Final del encuentro. Independiente con ocho hombres (o Bochini y siete más) logra la hazaña. Ahí va Pastoriza a abrazarse con alguno de los suyos. Es 25 de Enero de 1978. Quienes habitan las tribunas son testigos de una de las definiciones de campeonato más recordadas. Aquella noche en la que el Diablo metió la cola.

 

Federico Coguzza – @Ellanzallama

 

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