Cultura

26 noviembre, 2014

Una teología de la nada

Cuarta entrega de “Seriamente (todos somos personajes)”, una construcción colectiva y fragmentaria sobre series de televisión, esos productos pensados para meterse en las grietas de un tiempo atiborrado y durar lo que dura una sesión de terapia. En ese rato resuelven, intrigan, abonan con misterio. Y su consumo anatomiza la vida metropolitana.

(Vicky, me entusiasmé y escribí como un artículo el mail para Claudio que me reenviaste, me cuesta salir del registro, como verás…)

No creo que Mad men galardone modelos sociales ni busque retratar los 50 y 60 de manera costumbrista. Que tiene la mejor peluquería de las series, es indiscutible; que el vestuario está cuidadosamente elegido y cada cual lleva la prenda correcta, es cierto: Betty los pantalones capri, Megan las mangas murciélago, Joan la pollera tapiz. Porque sí, en los 50 y 60 las mujeres se abrieron a la vida política pero a condición de formar parte de una nueva industria de consumo: la industria pesada de la cosmética labial entró de la mano del voto femenino.

Pero decía que  Mad men supera el estereotipo, los modelos sociales. Diría que los personajes son tales en tanto se les filtra, por una fisura, su individualidad filosa. Como heridas que no se sienten pero que son visibles para los otros por más que se disimulen; los personajes cobran vida de las heridas. La serie patea el tablero completo de los modelos.

La historia que se cuenta en Mad Men tiene la forma del género policial y la pista empieza en su cola televisiva con la imagen de Don cayendo delante de las ventanas de un rascacielos, tirándose. Parece que todo diera lo mismo en la vida de Don, pero ¿qué tamaña apatía tiene que ser llenada de sentido?

Don elige delicadamente un Jaguar con la misma sutileza con la que alza la comisura de su boca, pero el espectador sabe que en cualquier momento podría astillar el auto hasta transformarlo en una latita de gaseosa. Don no sabe por qué está tan triste: busca en la realidad de su casa y de su trabajo y ni sabe por dónde buscar: nada que se perciba con los ojos va a ver. Porque el presente de Mad men, no es su aquí y ahora, ni su contrato con Marlboro o Lucky, ni su relación con Megan o Betty, no es un presente de un contexto sino uno de vínculos que se escapan por infinitos y por entramados.

Es tanto lo que los sujetos tenemos que olvidar, que estamos perdidos. Ya no importa el relato por lo que el relato muestra si no por lo que oculta. Toda relación social visible debe ser descifrada: solamente un detective es capaz de ver las relaciones, las conexiones reales y verdaderas que se esconden bajo una superficie tan opaca: la intriga en Mad men no es tiene que ver con la forma en que Don nos impresiona, con contar las veces que gana o a qué bella mujer elige, si no con entender su angustia: esa condición suya de estar perdido.

La ley se presenta como la razón, por eso los personajes trastabillan hasta quebrar la ley que los subjetiva y ser su propio personaje. La vida familiar a Don, el matrimonio a Joan, la consagración laboral a Peggy: brillan adonde se oscurecen. La estetización de la vida como instrumento a partir de modelos sociales hace que  allí donde más reluzcan sea donde fracasan y que lo que les sale fácil los arruine.

Don Drapper se entrega a la desmesura con la docilidad de alguien que se queda dormido vestido en un sillón. Lo inconsciente es lo único que puede llevarlo a un estado paradojal que haga tambalear sus afirmaciones. Don se afirma con libertades ilimitadas y autoproclamadas, pero son sólo formas que le mantienen asido su ser, a su cuerpo. Escindido, fragmentado y  hecho añicos, es un cuerpo al que le pesa mucho una conciencia que no sabe cómo estar triste.

Vuelto del infierno supraterrenal de  la guerra, Don se transforma en un desterrado del sí mismo. Con nombre falso, quiere simular una parsimonia que no posee. Todo aquello que lo entregue a un estado de inconsciencia será lo que le permitirá en definitiva conocerse. En un estado atávico brutal el oro no vale nada, pero es lo que lo conecta con el yo más suyo.

Escindido en cuerpo y razón, con una afectividad pobre y una emoción que sólo se siente si se racionaliza, los placeres corporales sirven porque habilitan fugas: sexo, pocas drogas y mucho alcohol.  Y mucho, mucho tabaco. El hombre que piensa y fuma, que fuma y espera, es la imagen que vende Mad men. Pero los vicios no son más que fugas repetidas, rutinarias e instrumentalizadas. Junto a este temple acompaña una emoción precaria que sí se presenta como un rasgo de época (el ánimo resulta insignificante frente a una narración vertiginosa de la historia como la que sucede entre los años 60).

La revolución para estos hombres de traje era sacudir su clase ¿Se libera Don si se tira de un rascacielos sobre el asfalto de la Madison Square? Si el racionalismo viene con una contracara, que es ser la teología de la nada, el publicista es un realista prodigioso de la época, y por ello, será un eterno infeliz. ¿Para qué seguir? ¿Qué fuerzas le dan verdaderamente sentido a Don? Esa pesquisa se la queda la sensibilidad del espectador. Y por eso Mad men es un gran gran policial.

Nos leemos, querida

Mica de Puán

 

Seriamente 1

Seriamente 2

Seriamente 3

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