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17 octubre, 2014

17 de octubre: memorias del subsuelo

Por Mariel Martínez. El 17 de octubre y la irreverencia de las patas en la fuente como foto de un pueblo protagonista de su propia vida. ¿A dónde está el agua fresca de los humildes de hoy?

Por Mariel Martínez. Quizás la mejor descripción de la jornada del 17 de octubre, la haya hecho Raúl Scalabrini Ortiz, quien, como muchos otros, supo volverse eco y ofrecerse letra para con los sentires de su pueblo. La conmoción que le causó el ver las calles inundadas de trabajadores de fajina, coreando con voz ronca sus verdades, le sugirió una metáfora: eran los cimientos de la nación que se estaban asomando, era el subsuelo de la patria sublevado.

La metáfora es una entre tantos procedimientos poéticos. Hay también un recurso retórico que consiste en nombrar un fragmento de algo para señalar ese algo entero. El nombre es difícil y no tiene importancia, muchos lo sintetizan diciendo “la parte por el todo” y poniendo de ejemplos a las velas que se divisan llegando del mar o a las bocas que hay que alimentar en tiempos difíciles. Revisando muchas partes de varios todos, es inevitable pensar si más que un mecanismo del lenguaje no es una estrategia de asir de alguna forma lo inconmensurable,  lo imposible de mirar todo junto, lo que nos desborda.

Las patas en la fuente se han transformado en un símbolo de la jornada del 17 de octubre de 1945. En el imaginario cotidiano, la fotos de aquél grupo de botamangas arremangadas terminó por sugerir la presencia de la multitud de obreros movilizados, de los hombres y mujeres que habían llegado desde cualquier lado y de innumerables formas a sumar su parte a un todo que irrumpía vigoroso y a los gritos. Las patas en la fuente vinieron a mostrar el cansancio laborioso de miles y miles y la irreverencia para refrescarlo adonde fuera. En esa fuente cargada de pies gastados pudimos ver la presencia digna de la convicción y la  rabia, que es otra forma de decir lealtad. En ese aleatorio grupo de pies se proyectó la patria alpargata, la pata mugre del camino, el país mirado desde los pies. Ese pedacito de historia nos señaló la historia de mayúsculas, de la que fue parte.

Las lecturas que se han hecho de esta foto son muchas y certeras: la valentía y la convicción de haber salido ese 17 de octubre, la aparición de los cabecitas negras en la escena política, la nación plebeya caminando con pie firme en la tierra de la oligarquía.  Y sobre todo: la  irreverencia y la osadía ante los poderosos y sus intereses, ajenos y hostiles al pueblo.

Setenta y un años después de aquella jornada, hemos sido testigos de más experiencias de movilización y lucha y cansancio, y de otras tantas de aplacamiento, temor y conformismo. La alegría rebelde de aquellos patas sucias se sigue heredando incorrupta a los que nos sentimos alpargata y botamanga arremangada. En tiempos previos a turbulencias, muchos debieran volver a  preguntarse en qué fuente van  a aliviar sus angustias y refrescar sus esfuerzos. ¿Cuántos varios serán los que sientan la necesidad de revisar si es agua aquello con lo que ansían lavarse, si es una fuente fresca aquello lo que están por llegar?

Muchos otros poetas del mundo se han dedicado a nombrar de alguna manera a otros subsuelos. Los de abajo, los condenados de la tierra,  los deshabitados. En nuestra patria, un día puntual brotaron de los márgenes de la ciudad y de los barrios de la provincia buscando incansables construir otro destino distinto del que estaban obligados a repetir. El tiempo inmediato, que es siempre mezquino, premió a algunos con una fuente fresca para sus pies rotos. La historia, que es siempre paciente, los reconoció protagonistas de sus propias vidas. Será tarea de nuestras generaciones y de las venideras construir una fuente más grande, certera y cercana.  Los cimientos son fuertes: empiezan en el subsuelo.

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