Batalla de Ideas

17 julio, 2014

Huellas, grietas y resistencias a cuatro años del matrimonio igualitario

En la madrugada del 15 de julio de 2010 hacía frío. Y el cemento de la Plaza de los dos Congresos transmitía ese frío a través de los zapatos. Pero no importaba. Desde el mediodía del 14 una infinidad de organizaciones y activistas del movimiento de diversidad sexual y del movimiento de mujeres se mantenían expectantes.

Por María Paula García. En la madrugada del 15 de julio de 2010 hacía frío. Y el cemento de la Plaza de los dos Congresos transmitía ese frío a través de los zapatos. Pero no importaba. Desde el mediodía del 14 una infinidad de organizaciones y activistas del movimiento de diversidad sexual y del movimiento de mujeres se mantenían expectantes.

El proyecto de Ley de Matrimonio Igualitario había llegado a la Cámara de Senadores, luego de haber sido aprobado por la de Diputados. Y en una sesión histórica que duró 15 horas, 33 votos positivos contra 27 negativos, dieron como resultado su aprobación y posterior sanción. Miles de personas se fundieron en un solo grito para dejar luego paso a las lágrimas. Y no era para menos. La Ley 26.618 de modificación del Código Civil respecto del matrimonio civil era taxativa: «El matrimonio tendrá los mismos requisitos y efectos, con independencia de que los contrayentes sean del mismo o de diferente sexo». (Artículo 2)

Con estos dos renglones, Argentina se convertía en el décimo país del mundo en garantizar este derecho y el primero en América Latina y el Caribe. Una conquista fruto de una larga lucha, cuyo antecedente había sido la aprobación del proyecto de ley de Unión Civil presentado por la Comunidad Homosexual Argentina en diciembre de 2002 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Un debate sin precedentes

Hay leyes que no pasan inadvertidas, sobre todo porque expresan disputas políticas y relaciones de fuerzas entre diversos sectores sociales. Y esta fue una de ellas. Como pocas veces, su sanción estuvo precedida no sólo por campañas llevadas adelante por sectores a favor y en contra, sino también por intensos debates en los cuales se involucró gran parte de la sociedad. No había medio gráfico, radial o televisivo que no dedicara horas de intercambio entre distintas posiciones.

En apariencia, se estaba debatiendo una ampliación de derechos civiles a sectores de la población históricamente denominados “minorías sexuales”. Pero sobre el tapete se estaba poniendo mucho más. Y la profundidad de lo que se puso en juego fue directamente proporcional a la reacción de los sectores más conservadores, representados fundamentalmente por Iglesias como la católica y las evangélicas y sectores políticos pertenecientes a dichas comunidades. El mismo arzobispo Jorge Bergoglio, actualmente rebautizado como Francisco al convertirse en Papa, exhortaba a las congregaciones y fieles«No seamos ingenuos: no se trata de una simple lucha política; es la pretensión destructiva al plan de Dios. No se trata de un mero proyecto legislativo (éste es sólo el instrumento) sino de una ‘movida’ del Padre de la Mentira que pretende confundir y engañar a los hijos de Dios».

Estos sectores, siempre contrarios al respeto por un Estado laico, veían resquebrajarse uno de sus pilares básicos: el supuesto orden natural de la familia y el matrimonio. Y al mismo tiempo que trataban de presentar la cuestión como un ataque a Dios y a la moral cristina, buscaban circunscribir la sanción de la ley como un problema de grupos minoritarios y particulares.

Niños mamá papá
Convocatoria de organizaciones religiosas conservadoras contra la sanción de la Ley de Matrimonio Igualitario.

Contrariamente a todas las evidencias históricas, por diversos medios se encargaron de afirmar que el matrimonio “no es fruto del arbitrio humano, ni se puede reconfigurar según las épocas, culturas o intereses de grupos particulares”. Aunque, sin duda, el problema no era que existieran personas homosexuales, lesbianas, travestis o transexuales: la cuestión era que el Estado no podía reconocerlos y otorgarles los mismos derechos. En la memoria perdurarán repudiables declaraciones como aquellas del senador de Tierra del Fuego, Jorge Colazo: «Creo que es antinatural. Mañana alguien se va a poder casar con un perro, con un burro”.

No obstante, el punto más conflictivo estuvo en la cuestión de la adopción. “No sólo quieren casarse, encima quieren adoptar” era la frase más escuchada. Y contra ello se armó una Campaña titulada “Los niños tienen derecho a una mamá y a un papá”, donde además se agregaba que el mejor lugar para ellos es una familia conformada por el matrimonio entre un hombre y una mujer.

Esta cruzada es pos de la defensa de la familia “normal” despertó rechazos insospechados: los de muchísimas personas que de pronto se preguntaron ¿acaso la mía no es una familia? Porque esas afirmaciones contrastaban altamente con las diversas formas de familia, muy alejadas de esa pretendida “normalidad”. En algunos casos, se llegó a expresar el peligro de que niños criados por personas del mismo sexo pudieran ser empujados a la homosexualidad e incluso abusados. Otra repudiable concepción que, casualmente, no tenía en cuenta la enorme cantidad de niños abusados por curas pedófilos en todo el mundo.

Los mismos derechos para todos y todas, y mucho más

Para muchas personas, la sanción de la Ley de Matrimonio Igualitario significó, en palabras de Esteban Paulón, titular de la Federación Argentina LGBT, “el punto inicial de la igualdad jurídica para caminar el largo camino de la igualdad social, que llevará muchísimos años”. Y sobre todo, una decisión política en la cual el Estado deja de legitimar la discriminación hacia lesbianas, gays, bisexuales y trans y de considerarlos ciudadanos y ciudadanas de segunda.

Pero la sanción de esta ley significa mucho más. Sobre todo por las certezas que puso en cuestión, abrió una grieta cuya profundidad quizá podamos apreciarla con el tiempo. Siempre que la lucha no se detenga. Porque los sectores más reaccionarios no están fuera de juego. Y muchos intentan volver a imponer su hegemonía.

Las recientes afirmaciones del arzobispo platense Héctor Aguer durante una misa celebrada en la catedral de la ciudad, en la cual el religioso manifestó que «la homosexualidad es una abominación» amparada «ahora» por la ley, pidiendo además rezar por estas personas a las que trató de «descaminadas y depravadas» 4, no son una casualidad. Son expresión de una batalla que continúa. En este sentido, su presencia junto a Daniel Scioli en el juramento de diez mil nuevos efectivos policiales el Día de la Bandera, es más que preocupante respecto al posible lugar que pueden llegar a ocupar estos personajes en un futuro próximo.

Habiendo transcurrido 4 años quizá, paradójicamente, la mejor reflexión la haya realizado Liliana Alegre de Alonso en el Senado la noche de la votación. Política ligada al Opus Dei, que en otra oportunidad llegó a afirmar que el divorcio es un cáncer de la sociedad, argumentó su oposición diciendo: “Me preocupa el efecto que la ley puede tener sobre terceros. Ustedes saben que a partir de esta ley la sexualidad se construye. Promoví, trabajé la unión civil porque quiero que se den derechos, pero la mayor preocupación es el impacto sobre la educación. Acá, en este manual de educación sexual del Ministerio de Educación hay niños y niñas desnudos, y dice cómo construir el cuerpo. Me preocupa qué va a hacer la educación sexual. Vamos a tener que enseñar qué es ser gay, lesbiana, travesti, transexual. Ya no vamos a poder decir que solamente hay un hombre y una mujer. Les vamos a enseñar que es una construcción cultural”.

 

@MariaPaula_71

 

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