Europa

7 julio, 2014

A por la independencia

Sin duda, las fuerzas independentistas catalanas y vascas están en ascenso. Visibles electoral y socialmente, presentan un desafío al Estado español que no se puede soslayar. Un vistazo a su situación actual.

Sin duda, las fuerzas independentistas catalanas y vascas están en ascenso. Visibles electoral y socialmente, presentan un desafío al Estado español que no se puede soslayar. Un vistazo a su situación actual.

Para hablar de la situación del independentismo catalán y vasco, vale utilizar como punto de partida las elecciones al Parlamento Europeo de fines de mayo. Pese a las salvedades que se le puede hacer a tal sufragio (no son lo mismo que las nacionales, alta abstención, etc.), los números indican que en Cataluña y en el País Vasco las fuerzas independentistas hicieron una elección excelente.

Los soberanistas catalanes llegaron a sumar el 55% de los votos, si unificamos a Esquerra Republicana (ERC; 23,67%), Convergència i Unió (CiU; 21,86%) y a Iniciativa per Catalunya Verds (ICV; 10,3%). Por su parte, en Euskadi, EH Bildu (23,55%), el representante de la izquierda independentista vasca fue segundo del tradicional Partido Nacionalista Vasco (PNV; 27,45%). Pero como bien lo señaló el periódico más afín a esa corriente, Gara, si se consideran los resultados en Hego Euskal Herria (Euskadi más Navarra, cuyas provincias conforman cuatro de los territorios históricos vascos), EH Bildu fue el que más votos obtuvo (22,63% contra 21,97%).

En medio de las tantas crisis que aquejan a España, la del futuro de su unidad territorial no puede dejarse a un lado. Los números electorales dan el permiso para poder interrogarse acerca de qué va el independentismo hoy y adentrarse en una multiplicidad de visiones e intereses, que atraviesan todo el arco político y que poseen diversos objetivos de mínima. Y si Cataluña ha resonado más mediáticamente por la decisión del Govern de convocar a un referéndum para noviembre de este año, los recientes eventos políticos vascos obligan a echar un ojo también en esa región.

En efecto, el día 8 de junio más de 150 mil personas dieron vida a una cadena humana que unió los 123 kilómetros que separan Durango (provincia de Vizcaya) y Pamplona (capital de Navarra), con el objetivo de reivindicar el derecho a decidir de los vascos. La plataforma que lo organizó, Gure Esku Dago (Está en nuestras manos) convocó bajo el lema “somos una nación, tenemos derecho a decidir” a defender el derecho que tienen Euskadi, Navarra y el País Vasco francés a elegir su futuro como pueblo. A diferencia de la Vía Catalana de septiembre de 2013, no fue un reclamo independentista (aunque posiblemente EH Bildu haya sido el partido que más impulsó la iniciativa), lo que permitió la participación de distintos grupos políticos (a excepción, claro está, del Partido Popular). La masividad de la concurrencia superó las expectativas y volvió a poner en el primer plano español la cuestión vasca.

Ahora bien, el nacionalismo vasco tiene diversas ideas sobre la autonomía. Desde marzo, el PNV, quien detenta el poder del Gobierno vasco, está llevando a cabo una ponencia parlamentaria para mejorar el estatus político de la comunidad autónoma. Iñigo Urkullo, el lehendakari (presidente del Gobierno Vasco), ha marcado siempre distancias del proceso catalán, y defiende su propia vía de autogobierno. De este modo, lo que se busca es la actualización del Estatuto de Gernika, que en 1979 creó la entidad autónoma vasca. Cuando se organizó el comité, el portavoz del PNV señalaba que debía servir “para entablar la negociación y el diálogo entre partidos para decidir un escenario futuro de autogobierno”.

Pero EH Bildu se mostró siempre en contra de esta manera de encarar el tema. Y el PSOE y el PP, los otros integrantes de la cotidianidad política vasca, tampoco han aportado mucho. Los resultados están a la vista. Las distintas propuestas no son aceptadas, y como declaró el parlamentario de EH Bildu, Hasier Arraz, la ponencia está “dormida”.

Para la izquierda independentista, en el marco actual, poco se puede negociar dentro de España. En un artículo reciente, el diputado de Amaiur (integrante de EH Bildu) por Navarra, Sabino Cuadra, lo expresaba claramente: “En la España constitucional no cabemos todos, al menos políticamente. Algunos estamos en ella porque nos han ‘cabido’ a la fuerza, que no por gusto”. Y, hablando del cambio de monarcas, sostenía que “el cambio que se precisa no es de personas, sino de estructuras. No es tan solo la monarquía la que sobra, sino el propio Régimen nacido allá por 1975, tras la designación de Juan Carlos como jefe del Estado, y la aprobación de la Constitución a fines de 1978”. Lo que busca este movimiento es la Euskal Errepublika.

Vale mencionar los resultados de una encuesta reciente del Gabinete de Prospección Sociólogica del Gobierno Vasco, que da cuenta de cómo dependerá, para los independentistas, de saber aprovechar los momentos: mientras que un 26% se declara a favor de la independencia y un 31% en contra, 32% de los encuestados dijeron que su posicionamiento variaría según las circunstancias.

Por su parte, los catalanes han logrado consensuar un rumbo: ir al referéndum soberanista. Pero no han evitado las fisuras y los desacuerdos. La novedad de las elecciones de mayo fue la victoria de ERC. Segunda minoría en la Generalitat de Catalunya, detrás de CiU, ha logrado un triunfo histórico. En Barcelona no ganaba una elección desde la época de la Segunda República. Ha crecido sistemáticamente después de su brusca caída de fines de la década pasada y, por su historia, tiene una legitimidad independentista incuestionable. En un libro reciente, el historiador Joan Culla lo define como un partido “atrapa todo”, y efectivamente sus partidarios constituyen una amalgama interclasista. Para este autor, desde 2010 la coyuntura histórica ha sido favorable para el independentismo, y ERC es “el partido de los más auténticos, incorruptibles catalanistas”.

Su fluidez ideológica le permitió acordar, a fines de 2012, con la coalición derechista CiU que Artur Mas sea investido como President de la Generalitat. Claro que para ello se aseguró el despegue del proyecto para realizar una consulta soberanista. CiU, aunque nacionalista, no tenía un apuro muy grande con ese tema. El impulso de ERC ha llevado a Mas a proclamar la consulta popular en noviembre y a discutir en varias ocasiones con el ejecutivo español por ese tema.

Pero aunque enfrentados políticamente, el partido de Artur Mas había mostrado, en el ámbito económico, grandes afinidades con las políticas de Rajoy. Los recortes sociales aplicados en la comunidad autónoma son de los más severos en España. Ahora bien, aunque siguen aplicándose, la presencia de ERC ha supuesto la creación de impuestos que graven las rentas altas y medio altas, en pos de mitigar en parte los recortes. Ello, sumado a la cuestión independentista, generó un cimbronazo dentro de CiU.

El líder de Unió Democràtica, Josep Duran, hace tiempo viene disputando posiciones con ERC. Y recientemente se ha referido a ellos como sus “rivales políticos”. Pero Mas los necesita para seguir en el gobierno y la dinámica de conflicto seguro continuará entre vaivenes hasta ver qué ocurre con el pretendido referéndum del 9 de noviembre (que, vale aclarar, Rajoy pretende impedir).

Con dudas y divisiones, la cuestión catalana y vasca estará presente largo tiempo en la política española. Vale decir que representan además dos regiones que no se pueden desdeñar económicamente. Aunque no escaparon a la crisis del 2008, en comparación con el resto de España están mejor posicionadas. Por ejemplo, sus tasas de desempleo (15,5% en el caso vasco, 22,10% en el catalán), aunque elevadas, son menores que la media nacional (25,93%). Y, en lo que respecta al salario medio, los datos del Instituto Nacional de Estadística apuntan que en estas comunidades fue mayor que el promedio nacional.

En fin, el punto es que el actual gobierno español no allanará el camino de estos movimientos y hará lo imposible por su concreción. Por su parte, evidentemente clausuradas (al menos por el momento) propuestas federales de más amplio alcance, el independentismo (en todas sus formas) seguirá siendo la opción política pretendida por muchos vascos y catalanes.

 

Matías Figal

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