Fútbol

3 julio, 2014

De narcos, paras y fútbol: a 20 años del asesinato de Andrés Escobar

El defensor de la Selección Colombiana anotó un gol en contra que terminó derivando en la eliminación de su equipo del Mundial de Estados Unidos. A la vuelta a su país, fue asesinado por el guardaespaldas de un narco.

El defensor de la Selección Colombiana anotó un gol en contra que terminó derivando en la eliminación de su equipo del Mundial de Estados Unidos. A la vuelta a su país, fue asesinado por el guardaespaldas de un narco.

Blanco, tirando a pálido. Altísimo, cerca del metro noventa. Llamaba la atención el Lungo que llevaba la dos en la espalda, y junto con Luis Carlos Perea conformaban la recia dupla central que cubría las espaldas a aquella Selección Colombia del Pibe Valderrama, el Tren Valencia y Tino Asprilla. Un equipo lleno de talento, pero falto totalmente de disciplina táctica; no era fácil la tarea que Pacho Maturana le encomendaba a Andrés Escobar.

Nacido en Medellín, paisa hasta la médula, su origen social también era raro: clase media, colegios privados, empezó tarde las inferiores, después de terminar la secundaria. Debutó a los 20 años en su amado Atlético Nacional, y solo dos años después se dio el lujo de ganar la primera Copa Libertadores de un equipo colombiano. Poco después de esa consagración le llegó el llamado a la Selección Nacional; con nada más que 23 años fue titular en el equipo que logró pasar la primera ronda en Italia ‘90, pero decepcionó al quedarse afuera frente a Camerún. Aquella vez, el gran culpable fue el brillante René Higuita, arquero de aquel equipo.

Para 1994 se rumoreaba en Colombia que, después de 7 años en Nacional, tenía arreglado el pase con el Milan. Después del histórico 5-0 a Argentina en el Monumental, la Tricolor era, si bien no favorita, candidata a hacer un buen Mundial en Estados Unidos. La Rumania de Gheorghes Hagi fue el primer escollo: derrota 3-1 ante aquel equipo que haría un gran torneo, y preocupación. Otra caída en el segundo partido, ante el local, significaba la eliminación.

Era el 22 de junio de aquel 1994. Dos cosas paralizaban a Colombia: una, cotidiana, la violencia narco y paramilitar. La otra, ocasional, los partidos de la Selección de Maturana. Más de 90 mil yanquis alentaban a su equipo en el Rose Bowl de Los Ángeles –muchos, por primera vez viendo un partido de fútbol-. Apenas llegando al primer cuarto de hora, Mike Sorber tira un centro desde la izquierda. Agarra a la defensa sudamericana adelantada, con los dos delanteros estadounidenses picando. Escobar tiene que cerrar. La pelota le pega en la punta del pie y, mansita, supera a Óscar Córdoba, que caminaba hacia el segundo palo.

Llegaría después el 2-0, y el tardío descuento del Tren Valencia. Nada que hacer: Colombia estaba afuera. El triunfo de despedida ante Suiza no sirvió para cambiar la situación. “Hasta pronto, que la vida no termina aquí”, cerró su artículo de opinión Andrés Escobar en el diario El Tiempo, el 27 de junio. Antes decía, entre otras cosas, que el Mundial fue “una experiencia muy dolorosa, que simplemente es un llamado a la cordura, a la reflexión”.

“María, les tengo una muy mala noticia. A Andrés lo mataron”, le dijo a la hermana de Escobar “Barrabas” Gómez, integrante de aquel seleccionado. A Maturana lo habían amenazado para que no jugara en el Mundial, por ser el hermano del ayudante de campo, Hernán “Bolillo” Gómez. Pero esa es otra historia. Ésta, la del 2 de Nacional de Medellín, terminó en el estacionamiento de un boliche, insultado por un guardaespaldas de un narco, que finalmente sacó un arma y le vació un cargador en el cuerpo. Un gol en contra, seis tiros.

Nicolás Zyssholtz – @likasisol

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