Cultura

30 junio, 2014

Nouvelle Vague Nac&Pop (II)

Seguimos debatiendo: ¿Cuál es el estilo del cine de la década kirchnerista? ¿Se puede hablar de una nouvelle vague Nac&Pop? Un análisis y repaso por los estilos e influencias de los directores de cine surgidos al calor de los procesos sociales y políticos del post 2001.

Seguimos debatiendo: ¿Cuál es el estilo del cine de la década kirchnerista? ¿Se puede hablar de una nouvelle vague Nac&Pop? Un análisis y repaso por los estilos e influencias de los directores de cine surgidos al calor de los procesos sociales y políticos del post 2001.

La recomposición de las clases dominantes. La condena de cientos de represores de la última dictadura. La estatización de las AFJP. La sanción de la 125 y el posterior enfrentamiento con el campo. El matrimonio igualitario. La ley antiterrorista. La lupa sobre la juventud militante. Tan sólo algunos síntomas de época que, por el momento, se negaron a pasar por el lente de los grandes nuevos directores del cine argentino.

El Estudiante (Santiago Mitre, 2011) se animó a hacer un recorte necesario alrededor de un tema que por aquellos años volvía a estar en boga: la militancia universitaria. Si bien la juventud nunca abandonó la lucha estudiantil, no deja de ser cierto que tras la muerte del ex presidente Néstor Kirchner una buena cantidad de jóvenes se acercó a la política y (dato no menor) tuvo una amplia repercusión en la sociedad “de a pie”. Es en esta coyuntura que el director salido de la Universidad del Cine decidió contar la historia de Roque, un joven del interior argentino entra a estudiar a los pasillos de la UBA y que, por las azarosas razones del amor, se ve involucrado en una organización política de la izquierda universitaria. La película tuvo una amplia repercusión sobre todo en el ámbito académico, además de haber ganado el Premio Cóndor a mejor guión original, mejor ópera prima y mejor actor revelación. Sin embargo, tal vez a causa del rechazo que tuvo de parte del INCAA para su financiamiento, el largometraje no llegó a repercutir en la taquilla, quedando relegado al ámbito estudiantil, cinematográfico y militante.

Sin embargo, el éxito comercial poco tiene que ver con la búsqueda del gen coyuntural a la que nos estamos avocando. El secreto de sus ojos, el film con mayor cantidad de espectadores en los últimos 11 años y segundo en la historia del cine nacional poco tiene que ver con el asunto que tocamos. La historia relatada por Juan José Campanella (para qué obviarlo: ferviente opositor) toma ocurrencia en dos momentos históricos distintos: la investigación que hace el agente judicial Benjamín Espósito de un crimen ocurrido en 1974 y retomado en 1999. Pero nos acercamos a una historia por demás conflictiva a la hora de contar una historia con contenido y de amplia recepción popular.

“Me siento parte de un grupo de directores que tienen ganas de hacer películas comerciales y que la palabra ‘comercial’ tenga el mismo sentido que tienen las películas americanas y no como algo descuidado”. Quien nos comparte su visión es Ariel Winograd, cuyas películas cuentan con un considerable grosor de espectadores, en gran parte gracias a la participación de figuras como Natalia Oreiro, Daniel Hendler, Mercedes Morán o inclusión la aparición de figuras populares en ellos como Sergio Denis. Siendo Argentina uno de los países con mayor caudal de espectadores en América Latina, vale preguntarse por qué las películas “serias” que hace tienden a ser esquivas al éxito de taquilla.

O quizá todo lo contrario. Quizá el gen argentino se halle en el verdadero cine de género. Tal vez el genoma celeste y blanco guste de lo subterráneo, lo maldito, del barrabal y del olor a puerto, aquel primer contacto que nuestros abuelos y bisabuelos supieron tener con estas tierras que vomitan soja y buen fútbol. Un cine casi marginal que no intenta hablarle a los intelectuales de sillón. No sería raro ese lente empañado de sudor de Nicanor Loreti cuente mejor que nadie de qué se viste nuestro país. Diablo, primer largometraje de este especialista en ciencia ficción y terror, cuenta la historia de Marcos Wainsberg, un boxeador que se retiró luego de matar de un golpe a un contrincante en el ring. La película, lejos de sólo quedarse en la vida del ex-pugilista y su primo Hugo, se entremezcla con las desventuras del magnate Franco Robles y varias historias más en un apocalíptico crisol porteño. Nicanor Loreti toma lo mejor de Quentin Tarantino y lo entremezcla con la cotidaneidad porteña, tan llena de humedad como de viveza. El film fue estrenado en los cines argentinos en 2013 con escasa repercusión debido a su presupuesto casi de guerrilla. Sin embargo forma parte de un grupo de jóvenes realizadores de una camada del llamado Cine Independiente Fantástico Argentino (CIFA) cuyos exponentes más resonantes son los (no tan) jóvenes de Farsa Producciones, quienes a fines de los 90 se filmaban pintados como zombies en Haedo cuando nadie siquiera imaginaba algo tal como la Zombie Walk por estos lares.

Entonces, ¿Vale la pena preguntarse siquiera sobre la existencia DEL film argentino que logre bosquejar un retrato de época en la ficción? Se vista de boxeador retirado, joven paranoico, militante universitario o divorciado reciente, el cine nacional no debe escaparle al debate. Quizá, simplemente sea como nos dice Gustavo Castagna: “La ficción necesita de una reflexión previa, de una discusión profunda para que los resultados finales no le ganen ni al fanatismo desmesurado y ni a la crítica feroz y sin contemplaciones, es decir, a las veredas opuestas que podrían ficcionalizar los más de diez años del kirchnerismo en el poder. La década ganada necesita de la mejor ficción pero el cine, en ese sentido, corre con una desventaja: el gran cineasta argentino de todas las épocas, Leonardo Favio, murió el 5 de noviembre de 2012”.

Iván Soler – @vansoler

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